¡¡¡Fuego!!! Si el infierno es así, me gustaría estar ahí
2 de octubre 2008
NO SE OLVIDA
Fotos de: Don Fer

Las Pintas: Destruye al estado

ANARQUIA

Angel

Observando desde las alturas

Encabezando, la esperanza nunca muere

Enfrentamiento

Conatos de violencia

La "seguridad" protegiendo un hotel trasnacional

Saludo a los policias

Contra la represión

Toda valla es buena para expresarse

El contingente de la banda Punk, siempre presente

Y si: No olvidaremos

Dedicado a la banda del UTA junto a la cual he pasado momentos bellos llenos de luz, música y baile...
“La eternidad se encuentra en las páginas de un periódico amarillista”
Soy un pobre diablo que trabaja en la noche y mal duerme por el día. Nunca pensé que una muerte afectara a tal grado mi vida. El insomnio en días de depresión era insoportable, al grado que estuve a punto de arrancarme los ojos para aventárselos por la ventana de mi cuarto a aquel perrito roñoso que diariamente me veía tristemente cuando salía de mi casa.
Acepte el trabajo por la necesidad de formalidad y aunque a mis dos años de vida nocturna me vea más cerca y al borde del final me sigue gustando manejar mi carro por los caminos de la oscuridad mirando a mi lado choques irremediables en donde la sangre corre por las avenidas libremente; prostitutas en cada esquina ofreciendo servicios mágicos y reconfortantes a aquellos locos viajeros que cual vampiros se acercan a tratar de chuparles algo de su alma; asaltos llenos de tristeza a plena luz de luna en donde se arriesgan vidas por unos pesos.
En eso se ha convertido mi vida: visiones nocturnas y vampíricas acompañadas de momentos de soledad sobre el pavimento casi siempre mojado que refleja las luces color neón de la ciudad sobre su superficie negra llena de historias que quisiera absorber. Y aunque es triste, pues ya no veo más luz, me excita vivir con el peligro inminente a mi lado. Finalmente todos estamos cerca de la línea divisoria que a algunos separa de la muerte y a otros de la eternidad.
He visto morir gente en accidentes automovilísticos. En una ocasión dos jóvenes ofrendaron sus vidas cuando yo me le escape a la eternidad. Su destino fue morir y sus gritos locos llenos de desesperación, su último aliento y el olor a sangre que manaba de los desechos y torcidos hierros nunca se borraran de mi mente: un recuerdo más para el baúl que guarda mi ansiedad, mi locura, mi angustia y mi depresión extensa, extensa…
Y es que desde que ella murió ya no quiero salir al sol, a los días que son tan comunes para la mayoría. No tengo ganas de ir al supermercado temprano, al parque a comer un helado por las tardes, a comprar una hamburguesa entrada la noche. Prefiero dormir en el día soñando con aquello que puede ser pero que nunca se concreta pues bellamente se queda ahí, en los recovecos del inconsciente…
Si, ahora soy más inconsciente.
Y cuando despierto y me levanto de mi cama, empapado en sudor y aún teniendo visiones lúdicas, lo único que atino hacer es a preparar mi destino inmediato. Ya no planeo a largo plazo pues tengo la idea, ya irrefutable, de que pronto llegara el final. Ahora solo queda sobrevivir y ansiosamente esperar llegar al lado de aquella pareja para abrazarlos y decirles: ¡por fin llegué! vamos que todo va bien.
Jamás volveré estar al lado de ella, ni en la muerte, pues se que yo iré al lugar de los trágicos y ella ¡Ja! al de los comunes. Por ahora me conformo con estar, ya sin espíritu, al lado de las que van llegando, cual vampiras, a tratar de quedarse con algo mío. Siempre, irremediablemente, terminan alejándose cuando se dan cuenta que estoy vacio. Huyen y nunca vuelven a ser las mismas.
Seguiré recorriendo avenidas iluminadas por la luz amarillenta de sucios faroles y quizá ahora si quede unido para siempre al pavimento y deje correr mi sangre, mis lágrimas y mi alma libremente hasta la alcantarilla más cercana, para que mi eternidad quede plasmada en la primera plana de algún diario amarillista.
Don Fer.
Septiembre del 2008
Ian CurtisMe siento solo en el gran teatro. Las luces iluminan con sus destellos multicolores a todos los demás. Estoy arrinconado y aunque soy parte del espectáculo ya no participo en él. Lo decidí después de haber enfrentado las risas, reproches, burlas y abucheos. No soporto el escenario ni a mis compañeros complacientes con sus risas forzadas.
Lo mejor será actuar para mí, complacerme mostrando mis instintos más salvajes y contradictorios. Me han cansado los aplausos forzados, las elocuencias positivas e hipócritas. El melodrama del mundo va bien para la mayoría, para aquellos que necesitan las luces sobre sus rostros y los aplausos de los demás para sentirse vivos; ellos se encuentran en el círculo obligado de la vida y eso les va como un traje hecho a la medida. Yo deje de girar en él hace mucho tiempo ya. Lo intente y fracase, no estoy hecho para este mundo y sus complejas abstracciones morales y objetivas.
En alguna ocasión una luz se enciende en mi corazón y parece guiarme, cual apuntador, hacia los demás artistas. Y me dejo ir aunque sea fugazmente. Ellos no se dan cuenta pero por un momento mi fútil espíritu se une a sus corrientes cuerpos. Y por un momento me siento bien, todos los sentimientos que guardo en mi alma aparecen exacerbados e iluminados y los manejo de la mejor manera. He amado, odiado, sufrido, creado y guiado a la vez, más esto parece no importar a los demás que solo siguen viéndome como uno más. Nunca nadie se dará cuenta de la diferencia entre un actor del mundo y uno del espíritu, de la soledad y la otredad.
La carpa se cierra y se abre constantemente pero siempre se da el mismo espectáculo: ellos queriendo quedar bien con los otros, violando constantemente lo que humana, tierna e inocentemente llaman sus ideales. Y el público aplaude por no saber hacer otra cosa. El gran dilema de la humanidad es que los actores no saben su papel principal en la vida. Siempre siguen y adoptan el que va mejor con el momento, con el que pueden hacer reír o entristecer al otro. Siempre quedando bien, siempre.
Se ha perdido el dramatismo que implica el arte, se ha difuminado el sentido innato de desenvolverse con libertad. Ahora la vida se ha vuelto demasiado vulgar, muy estereotipada y material. Se ha dejado de lado el espíritu, la magia que conlleva seguir los instintos más salvajes y momentáneos.
Pero adelante. Seguid humanidad, el maquillaje les va bien, los atuendos brillosos y de última moda les asientan a la perfección. Dejadnos solos a aquellos pocos espíritus que vagamos por la noche riéndonos lastimosamente de ustedes.
Si tan solo pudiera quedarme con una mirada sincera de amor, odio, rencor, tristeza o de cualquier sentimiento veraz podría irme en paz, pero todo es actuado… Seguid humanidad, que la inmortalidad es para unos cuantos.
Yo me quedo en mi teatro mágico solitario, siendo mi único espectador, riendo y sufriendo para mis adentros. Si alguno queréis entrar a esta carpa recuerde solo una cosa: jamás saldrán y si lo llegasen a hacer saldrían locos… Yo ya lo estoy.
Don Fer.
Agosto 2008
En la carpa…
Lo importante es que me considero un escritor; lo peligroso es que soy un soñador.
Don Fer.
Personalidades
Hoy se despertó con la sensación que ya conocía: escalofríos, ansiedad, sudoración extrema y latidos exasperados del corazón; su estómago parecía una hoguera cuyo humo recorría sus vías respiratorias para salir por sus resecos labios lastimándole la garganta.
Sabía que una nueva adicción había llegado a su vida y descifraba bien de lo que se trataba: jamás podría dejar de escribir.
Era harto raro, quizá para algunos ni adicción se considerara, a lo más un pasatiempo, pero para él esto se estaba convirtiendo en una necesidad comparable, solamente, con su deseo de vivir. El descubrimiento le causaba gran sufrimiento.
Él quería llevar una vida "normal y sana"; comprar un carro, tener novia, casa, una mascota y dinero... Ya lo había intentado pero sus otras adicciones no lo habían dejado fructificar: lectura, estudio, cigarrillos, alcohol, deambulares nocturnos, fiestas y sexo dominaban todos los aspectos de su vida.
Una novia tuvo y en un arranque desatado por las ideas de libertad que fluían en su cabeza la mató. Un carro compró y en un ataque de anti materialismo lo destrozó. Un perro consiguió y en cierto momento desestabilizador lleno de furia, refutando responsabilidades, lo regaló.
Se encontraba descorazonado, sus sueños ahora habían elevado su temperatura. Despertaba por las noches empapado en sudor y harto espantado, a veces no podía respirar. Las ideas acumuladas en su cabeza, que parecían milenarias, exigían ser liberadas, deseaban ser plasmadas pero él solo deseaba ser normal, no tener esos sueños ni esas necesidades; añoraba ser como tú, como otros tantos, como la mayoría.
Se levantó de su mojada cama y decidió regresar a la escuela – primer error –En su andar había encontrado a antiguas personas que, como la suya, tenían la mente insana llena de abstracciones indescifrables. En la Universidad había de todo pero él parecía tener un imán que atraía a los seres más complejos y locos que rondaban sus pasillos: paranoicos, esquizofrénicos, punketos, yonkis, músicos diversos, escritores, putas y uno que otro más con el espíritu distinto al de las mayorías.
A veces se comparaba a sí mismo con un insecticida pues cuando trataba de entablar algún tipo de relación con algunos seres "sanos y cuerdos" estos le huían. Veía a esa gran mayoría con sus proyectos de vida establecidos, con sus flamantes novias y sus bellos autos. Escuchaba sus conversaciones llenas de prejuicios contra todo lo que violaba sus buenas costumbres y su intachable moral. A veces le daban ganas de seguirlos, unírseles, de ofrecerles incluso su corazón con tal de que lo enseñaran a ser como ellos… a ser normal.
Siempre lo mandaban a volar, y él viajaba.
Eligio dejar su trabajo - segundo error- Él sabía que necesitaba dinero, mucho dinero, para poder tener lujos, comer en los mejores restaurantes, beber en exclusivos bares, comprar en los más caros almacenes de ropa, calzar a la última moda y usar las mejores aromas.
Después de su terrible descubrimiento había decidido ir a un concierto de música clásica en el palacio de bellas artes de su ciudad. Todo iba bien y se mantenía tranquilo hasta que un funcionario representante del gobierno de su país conmino unas palabras en honor al músico que dirigiria la orquesta - En su país gobernaba la derecha y su locura, eso lo sabía, era de izquierda- Empezó a silbar, abuchear y a exigir con gritos enfurecidos que aquel ser se callara y se fuera. Lo hubieran sacado de tan prestigiado lugar si no es porque todo el público lo secundo, se sabía un líder y por un momento el corazón se le hincho.
Se había dado cuenta de que la locura también se compartía y aunque aún no hubiese llevado a cabo su plan– retomado de uno más antiguo – de vaciar LSD en los sistemas de agua potable que llegaba a la mayoría de hogares de la ciudad imaginaba la reacción conjunta y la piel se le erizaba: la libertad sería vivida, quizás para muchos por primera ocasión, y se le uniría ese toque mágico que da la locura: entonces sí todos despertarían de su letargo.
Al terminar el concierto aprendió que su mundo no era el de las mayorías. Se miro a sí mismo, balbuceo algunas palabras y decidió cerrarle las puertas a la masa inútil, a aquella que ya no le servía. Decidió intentar ser el mismo.
Volvió a las andadas, repitió el rito, se dejo llevar dulzonamente y un poco cabizbajo por esa nueva necesidad: escribió, escribió y escribió. Casi milagrosamente se dio cuenta que revitalizaba su espíritu sin dejar de lado el sufrimiento que ahora asociaba con algo sagrado. A lo sublime solo se llega atraves del dolor, dilucidaba.
Algunos de los distintos seres que confluían en él: intelectual, espiritual y creativo se encontraban en paz, corrían libremente cual mozuelos en campos de trigo veraniegos, sin embargo había otras partes que no iban del todo bien: la física, moral, planeadora; la estructural y socialmente aceptable.
En su caso le deprimía saber que no viviría de lo que le gustaba hacer:
escribir, pero elucubraba que si llegara a hacerlo sería lo mismo: saturación y consiguiente búsqueda de otra adicción más fuerte para continuar en el mismo juego que había sido su vida.
Físicamente escribir le causaba estragos: no dormía ni trabajaba, sus muñecas le dolían constantemente, fumaba más de lo debido ,se inyectaba mucha más heroína que conseguía después de liarse a golpes en callejones oscuros en donde las apuestas corrían libremente. Sufría pero, en verdad, no podía vivir sin esto.
Cuando creaba la ensoñación y la abstracción lo dominaban todo el día: amanecía crudo, dejaba sus pertenencias - junto a su corazón - en esquinas peligrosas; se prostituía para conseguir algo que comer. No le importaba nada solo escribir… Sabía que estaba vivo gracias a las letras y eso le reconfortaba.
Dejar de lado su locura sería conducirse al suicidio. Soñaba… su rostro iluminado por una sonrisa; su casa llena de accesorios y su jardín repleto de flores y abejas empapándose por el agua de alguna llovizna; sus hijos jugando en el patio mientras él y su pareja se besaban cálidamente diciéndose te quiero. Su oficina se encontraría repleta de diplomas, usaría ropa de la mejor marca, su felpudo estaría arreglado a la última moda; se divertiría los fines de semana con sus amigos en alguna cantina para después llegar temprano a su casa acostarse y platicar con su mujer acerca de la dura semana laboral… soñaba y se veía tumbado en un sillón viendo películas comerciales de acción en su sistema de televisión por cable.
Quizás era mejor soñar con esta realidad alterna a imaginar que alguna vez había sido escritor. Para él los sueños eran tan reales como la vida misma y sabía que lo mejor o tal vez lo peor – eso no se sabe hasta que ocurre- es que a veces estos se hacen realidad.
No se quería aceptar como era, a veces lo intentaba pero no lo lograba, solo esperaba al destino y lo que este le dictara.
Sabía que se estaba acercando…
De repente despertó. ¿Otra vez?
Se encontraba en un cuarto, solo. Sin ventanas ni vida exterior la única ventilación era un pequeño hueco que a la vez servía para pasar un poco de comida. Desnudo, no sabía dónde estaba. Se miró las manos, los pies y se toco el rostro: no se reconocía. No sabía quién era, de donde venía ni siquiera si en realidad existía.
A lo lejos en un rincón observo un lápiz y varias hojas de papel, le costó trabajo saber de qué se trataba. Monótonamente y con una reacción debida más a la costumbre que a otra cosa se levantó, estiro sus rígidos miembros y se acercó a las herramientas presentes para hacer uso de ellas: escribió, escribió y escribió.
Y así siguió contando retazos de su vida, añoranzas y sueños. Y pronto fue adquiriendo la personalidad que en ese momento deseó: la tuya, la de miles, la del escritor…
¿El destino? Se acabaría en cuando las hojas se terminasen.
Don Fer
Mayo 2008
Soy tan libre de espíritu que por las noches recorro grandes distancias montado en mi caballo gris de cuatro cilindros, totalmente lunático, alcoholizado y tal vez hasta ensoñador y un poco carismático. A veces busco a mis amigas las putas de la colonia Guerrero o a mis guerreros los yonkis del inframundo.
Disfruto del aire helado que choca en mi rostro conforme aumento la velocidad, lo corta y hace que mis labios se tornen fríos y rasposos. Me burlo abiertamente de los guardianes del orden que solo me miran con cara cuasi depresiva, quizá adivinando o elucubrando mi destino.
Y me meto a hoyos cual topo. No hay otra forma de describir los mundos que aunque visibles y tangibles son siempre subterráneos. Sigo a un ente que a mi vista parece divino el cual abre puertas laterales que ceden a un leve empuje explorando lo que hay detrás: cuerpos desnudos, sudados, mal olientes copulando, fundiendo sus células a través de su aliento y líquido vital.
Ella me lleva de la mano apresurada, encontramos un cuarto del cual un intruso sale despavorido: una rata negra de un metro de largo que muestra sus colmillos harto enojada por nuestra osada curiosidad, dejándonos una cama caliente poco reconfortable y llena de chinches.
Y nuestros cuerpos se tumban uno al lado del otro para mirar el techo en donde yo veo lo que debe ser la superficie… Muy lejana. Inhalamos y exhalamos el humo del cigarro de coca mezclado con mariguana que compartimos: nos estamos besando a través de él.
Ella se desnuda mostrándome su blanco y cadavérico cuerpo producto de la falta de luz. Mi corazón late rápidamente excitado pero se detiene de golpe al escuchar son sesenta pesos.
Y abre sus piernas y un olor fétido se eleva del centro mismo de la creación. La penetro con mi miembro poco erecto y un gas comienza a invadir el ambiente, lo percibo, huelo y deduzco que es letal. La abofeteo por tan insolente acción, la corro del cuarto. Quiero intoxicarme solo, una puta no merece morir.
Cuando salgo me doy cuenta de que los seres noctámbulos, aquellos diablos consentidores de vicios me observan. Huyo tratando de desaparecer de sus ojos radiantes pero uno de ellos me alcanza, con una patada en los talones me tumba en el suelo rasposo, se monta sobre mí y me besa calidamente en la boca tocándome el cuerpo como tratando de vislumbrar un orificio, algo por donde pueda meter la magia que trae consigo. Después de forcejear un rato me introduce una línea delgada de polvo blanco por la nariz… cuando la aspiro sé que estoy preparado.
Y salgo a la superficie, nuevamente al aire. Pero aún siento que me falta más-siempre hace falta más-. El recuerdo de ella sobre mi cama me sobrecoge, me reanima a seguir husmeando por abajo.
Después de algunas cervezas en algún otro hoyo y de recorrer una distancia no muy grande la encuentro en una esquina cercana a Tepito y desde que la veo, a lo lejos, se que ella simboliza perfectamente mi placer, mi perversión más lúdica y que hoy explotaremos juntos algunas minas de oro… o tal vez de plata.
Me pregunta si la voy a golpear nuevamente, le contesto que no lo sé y ella con ojos de infinita tristeza quiere que le diga que sí, pero no estoy dispuesto a lastimarla, no quiero ver su sangre derramada sobre nuestras sabanas underground casi blancas. Sé que a ella le gusta que la golpee y me dice que por eso me cobra sesenta pesos, me dice que un día la matare y yo le contesto enérgicamente: ¡No! Una puta no debe morir.
Y vamos a otro hoyo en donde en lugar de ratas colmilludas, perros famélicos nos miran con ojos lastimeros… Y quiero tumbarme a su lado y abrazarlos y decirles que todo irá mejor y no lo hago pues ella me apresura con su mano para que la siga. Siento como una lágrima recorre mi mejilla.
Ya dentro de nuestra habitación ella golpea mi rostro y me gusta. Saca de su bolsa lo que yo imagino será un revolver, pero ¡oh! sorpresa son anfetaminas y cocaína.
Me gustas, me dice.
E intercambiamos: ella me mete sustancias y yo le ofrezco mí miembro el cual me cuesta trabajo meter. Y así copulamos nos drogamos y soñamos.
Cuando despierto ella me mira llorando y me dice que soy tierno por las palabras dulces que le digo: una puta no debe morir. Después de un momento le espeto: pero un cabrón como yo sí.
Y le imploro desesperado que me mate. Quiero que este momento sea el último; deseo descansar con su olor impregnado a mi cuerpo por toda la eternidad.
Pégame hasta dejarme inconsciente y después con una daga extrae mi corazón y dáselo a los perros del pasillo - le digo. Ella con cara de asombro me pregunta a que me dedico… soy escritor, le contesto casi llorando.
Medita un rato, una eternidad, sus ojos me miran con simulada indulgencia, me toma de la mano y suelta la carcajada más estruendosa y diabólica que haya escuchado para después casi gritarme: ¡Un escritor no debe morir! ¡Un escritor no debe morir!
Cuando volteo para mirar sus ojos ha desaparecido.
Don Fer.
Premio Ortega y Gasset en la categoría de periodismo gráfico

¿Quién pone las minas en Iraq?
Fotografía de Gervasio Sánchez
Sofía perdió una pierna a causa de una mina antipersonal cuando tenía 14 años; ahora, con 25, es madre de dos hijos y una de las protagonistas de Vidas Minadas, 10 años, el último proyecto del fotoperiodista español que busca reflejar las historias de las víctimas de las minas en todo el mundo.

A mi familia, que siempre está en los tragos, sean buenos o malos.
Una nota que perdura en el corazón, en la memoria y aún en el inconsciente colectivo merece ser respetada y ensalzada por toda la eternidad.
El arte no se da en el cielo, se da donde hay FUEGO.
Don Fer.
Horacio Franco, o de un evento XXX.
Si… La lluvia que caía afuera del Palacio de bellas artes provocaba melancolía, recuerdos de tiempos mejores, de aquello que se fue para siempre, del amor perdido, de la otredad desaparecida.
Adentro del recinto todo era calor, humano – sintético: hartos perfumes, maquillajes; mucha ropa diría el artista culpable de esta reunión. Y es que él fue previsor y asistió holgado, ataviado a lo más con un pantalón y una playera que apenas cubría su torso.
Horacio Franco, flautista que festejó tres decadas de trayectoria profesional el pasado 12 de abril, es mi primo -honorífico claro- como seguramente es novio, hijo, pareja, sobrino, ahijado de muchos. Su personalidad invita a adoptarlo.
Y es que en este México ¡Lindo y Querido! Como cuesta ser XXX: treinta años dedicados al oficio más bello y puro que existe: el arte, la música. No hay de otra más que chingarle como lo ha hecho el catedrático y muchas veces becado Franco, aún hasta la fecha.
Convocado como cientos de seguidores –miles hubieran sido si el lugar lo permitiera- llegué al infierno mismo para festejar el cumpleaños artístico del maese. El agua que cayó sobre nuestras ropas se empezó a evaporar dentro de la sala principal del palacio. Se veía el vapor iluminado por los reflectores y luces que redoblaban la temperatura.
Y aquello empezó bien, nuestros diablos salieron a relucir cuando en un acto de oficialidad e institucionalidad, no requerida ni necesaria, el representante de la cultura en México Sergio Vela dio un discurso de felicitación. Los abucheos y silbidos casi no lo dejan terminar.
Sin tapujos, ni tampoco visos de grandeza o poses - ya clásicas en algunos “artistas” o “músicos”- Horacio Franco inició con un solo de flauta mágica (¿o debería decir: labios mágicos?). El ambiente se calentó más, una señora pidió aire acondicionado, la mayoría guardó silencio y comenzó a disfrutar del viaje. El bop de la flauta empezó a retumbar de una manera tan armoniosa en las blancas paredes y en los balcones que varios cerraron los ojos. No es común escuchar un solo de flauta tan grandioso. Por algo este músico es considerado uno de los mejores del mundo.
Y siguió enrollándonos en viajes alucinantes, en magias indescriptibles.
Si la magia existe se encuentra en la música, en el arte en general: las notas, pinceladas o letras te llevan a descubrir mundos a los que nunca te habías transportado. Por eso muchos cerraban los ojos. Con su irreverente peinado Punk Horacio manejaba ya la conciencia de varios. Parecía un diablo con cuernos, mostrándonos por un instante la verdad.
Escuchamos de sus manos y labios a Bach (El infinito; Entre lo terrenal y lo espiritual) para pasar deliciosa y nada abruptamente a la ruptura. Y es que el maese Horacio Franco, mi primo, rompe esa barrera de estilización y dureza que el arte presupone. Igual interpreta a Bach o Vivaldi que a Los Beatles, un danzón o un swing. Y con varias rolas de los Beatles, primero, acompañado como siempre de la orquesta Capella Cervantina y después un danzón y un swing puso a bailar a mi mente y corazón, que a mi cuerpo hubiera sido si tan prestigiado lugar me lo hubiera permitido.
Terminado el baile, varios chavos salieron a los pasillos aprovechando el necesario intermedio para todos aquellos que buscaban aire. Cuerpos sudados, el perfume comenzaba a perder efectividad. Fuera abrigos. Adentro el calor permanecía: sabroso. El arte no está en el cielo.
Y los chavos comentaban la actuación emocionados . Y es que a Horacio la juventud lo sigue pues ha desmitificado eso de que la música clásica es solo para rucos. Es un fenómeno poco visto y más en este México tan moralmente adulto. Tal vez sea porque un gran numero de este sector de la sociedad lo ve como uno de los suyos; como un creador de arte nada pretencioso y que sin ninguna pose toma espacios para expresarse. Las necesidades juveniles de crear, cambiar el mundo, disfrutar y apropiarse de espacios tradicionalmente dirigidos a los adultos se ven reflejadas en Horacio Franco y su desempeño. Si, a Franco dan ganas de adoptarlo.
La segunda parte del concierto fue conmovedora y ensoñadora. La copa, el cigarrillo o el chute de mota fueron esplendorosamente sustituidos por las notas. Todos viajamos atraves de ellas sin más. Interpretaciones de Bach (Triossonata en re menor) y Vivaldi (Concierto en Re mayor para flauta, violín y contrabajo; Concierto en Do mayor para flauta sopranino, cuerdas y continuo) hicieron estallar nuestras mentes con recreaciones lúdicas y poéticas.
La hecatombe llegó con el concierto en Do mayor para flauta soprapino, cuerdas y continuo de Antonio Vivaldi (1678 – 1741)… Maestro gritaba para mis adentros, ganas daban de bailar, de quitarse la ropa y de recibir la música de manea más natural, sin tanto perfume o estética. Lo hubiera hecho pero “tan prestigiado lugar” no me lo hubiera permitido.
Horacio es hippie gritaba y por un instante me sentí bien.
Don Fer
Abril 2008
VALIANT FANZINE VOL 1.

Valiant Fanzine, editado por Alfonso Morcillo y Juan Beat...
Colaboran en este numero: Don Fer, Hector Viramontes, Yahir Alonso Ortíz, Renato Bocchio Linares, Carlos Camaleón, Ricardo Pineda Aguilar y más...
Bajalo Gartis dandole click a la portada de arriba (en los archivos aparece como Valiant1.pdf y Valiant1.zip.zip)
Si lo quieres adquirir impreso envia un correo a autogestion_creativa@hotmail.com y te lo haremos llegar.
Analogía entre la puta y el escritor
Soy tan libre de espíritu que por las noches recorro grandes distancias montado en mi caballo gris de cuatro cilindros totalmente lunático, alcoholizado y tal vez hasta ensoñador y un poco carismático. A veces busco a mis amigas las putas de la colonia Guerrero o a mis guerreros los yonkis del inframundo.Disfruto del aire helado que choca en mi rostro conforme aumento la velocidad, lo corta y hace que mis labios se tornen fríos y rasposos. Me burlo abiertamente de los guardianes del orden que solo me miran con cara cuasi depresiva, quizá adivinando o elucubrando mi destino.
Y me meto a hoyos cual topo. No hay otra forma de describir los mundos que aunque visibles y tangibles son siempre subterráneos.
Sigo a un ente que a mi vista parece divino el cual abre puertas laterales que ceden a un leve empuje explorando lo que hay detrás: cuerpos desnudos, sudados, mal olientes copulando, fundiendo sus células a través de su aliento y líquido vital.
Ella me lleva de la mano apresurada, encontramos un cuarto del cual un intruso sale despavorido: una rata negra de un metro de largo que muestra sus colmillos harto enojada por nuestra osada curiosidad. Nos deja una cama caliente poco reconfortable y llena de chinches.
Y nuestros cuerpos se tumban uno al lado del otro para mirar el techo en donde yo veo lo que debe ser la superficie… Muy lejana. Inhalamos y exhalamos el humo del cigarro de coca mezclado con mariguana que compartimos: nos estamos besando a través de él.
Ella se desnuda mostrándome su blanco y cadavérico cuerpo producto de la falta de luz. Mi corazón late rápidamente excitado pero se detiene de golpe al escuchar son sesenta pesos.
Y abre sus piernas y un olor fétido se eleva del centro mismo de la creación. La penetro con mi miembro poco erecto y un gas comienza a invadir el ambiente, lo percibo, huelo y deduzco que es letal. La abofeteo por tan insolente acción, la corro del cuarto. Quiero intoxicarme solo, una puta no merece morir.
Cuando salgo me doy cuenta de que los seres noctámbulos, aquellos diablos consentidores de vicios me observan. Huyo tratando de desaparecer de sus ojos radiantes pero uno de ellos me alcanza, con una patada en los talones me tumba en el suelo rasposo, se monta sobre mí y me besa calidamente en la boca tocándome el cuerpo como tratando de vislumbrar un orificio, algo por donde pueda meter la magia que trae consigo. Después de forcejear un rato me introduce una línea delgada de polvo blanco por la nariz… cuando la aspiro sé que estoy preparado.
Y salgo a la superficie, nuevamente al aire. Pero aún siento que me falta más-siempre hace falta más-. El recuerdo de ella sobre mi cama me sobrecoge, me reanima a seguir husmeando por abajo.
Después de algunas cervezas en algún otro hoyo y de recorrer una distancia no muy grande la encuentro en una esquina cercana a Tepito y desde que la veo, a lo lejos, se que ella simboliza perfectamente mi placer, mi perversión más lúdica y que hoy explotaremos juntos algunas minas de oro… o tal vez de plata.
Me pregunta si la voy a golpear nuevamente, le contesto que no lo sé y ella con ojos de infinita tristeza quiere que le diga que sí, pero no estoy dispuesto a lastimarla, no quiero ver su sangre derramada sobre nuestras sabanas underground casi blancas. Sé que a ella le gusta que la golpee y me dice que por eso me cobra sesenta pesos, me dice que un día la matare y yo le contesto enérgicamente: ¡No! Una puta no debe morir.
Y vamos a otro hoyo en donde en lugar de ratas colmilludas, perros famélicos nos miran con ojos lastimeros… Y quiero tumbarme a su lado y abrazarlos y decirles que todo irá mejor y no lo hago pues ella me apresura con su mano para que la siga. Siento como una lágrima recorre mi mejilla.
Ya dentro de nuestra habitación ella golpea mi rostro y me gusta. Saca de su bolsa lo que yo imagino será un revolver, pero ¡oh! sorpresa son anfetaminas y cocaína.
Me gustas, me dice.
E intercambiamos: ella me mete sustancias y yo le ofrezco mí miembro el cual me cuesta trabajo meter. Y así copulamos nos drogamos y soñamos.
Cuando despierto ella me mira llorando y me dice que soy tierno por las palabras dulces que le digo: una puta no debe morir. Después de un momento le espeto: pero un cabrón como yo sí. Y le imploro desesperado que me mate. Quiero que este momento sea el último; deseo descansar con su olor impregnado a mi cuerpo por toda la eternidad.
Pégame hasta dejarme inconsciente y después con una daga extrae mi corazón y dáselo a los perros del pasillo - le digo. Ella con cara de asombro me pregunta a que me dedico… soy escritor, le contesto casi llorando.
Medita un rato, una eternidad, sus ojos me miran con simulada indulgencia, me toma de la mano y suelta la carcajada más estruendosa y diabólica que haya escuchado para después casi gritarme: ¡Un escritor no debe morir! ¡Un escritor no debe morir!
Cuando volteo para mirar sus ojos ha desaparecido.
Don Fer.
Febrero 2008
Tu manos ya no son las mismas desde que mi rostro esta impregnado en ellas
A Cristian, a quien las letras hicieron enloquecer.
La botella transparente y el contenido en ella: un tequila color miel que va desapareciendo a la velocidad de los pequeños pitos de mariguana que me voy fumando, me trae remolinos emocionales de gratitud hacia aquellas personas que alguna vez compartieron espacio conmigo.
Recuerdo a Alfaro Guardados, un viejo ratero de vecindad que vivía en la colonia Vallejo al norte de la ciudad de México. El fue quien me enseño a periquear, a meterme coca por la nariz. Anteriormente me la fumaba y aunque la sensación es casi la misma el golpe en la nuca y en los ojos no se compara con nada en el mundo.
Igualmente guardo gratos instantes en mi memoria de el David Alfaro Sic de la banda, pintor amateur que murió como perro desangrado en un hospital psiquiátrico del estado de Morelos por pintar los muros blandos de su celda con su propia sangre, al negarle los vigilantes pinturas y un cuaderno por considerar su actividad poco lúdica y “peligrosa”.
Pero hoy te voy a contar acerca de mi amigo Cristian, aquel que provocaba suspiros de quienes tuvieron la fortuna de verlo en su andar por la caótica y contaminada ciudad o por pueblos jodidos- pobres pero bellos y llenos de luz - y por uno que otro hueco en el que se metía después de levantar tapas de coladeras en cualquier lugar.
Cuando lo conocí me enamore de su rostro duro pero de una fineza inenarrable, parecía un retrato del Marques de Sade. Su andar era tranquilo y movía las manos graciosamente cuando hablaba, era mimo sin saberlo pues recreaba escenas dantescas, sublimes, banales y complejas con los diez dedos y sus dos palmas.
Todas las chicas del Colegio lo seguían aún cuando él las ignoraba sin el más mínimo pudor: ¡qué me siguen golfas hijas de puta! Les gritaba cuando veía que un grupito de más de dos chicas cuchicheaba y reía tras su figura.
En mi primer acercamiento me sorprendió que su rostro no tuviera que ver con sus modales. Era en cierta forma grotesco al hablar, su vocabulario rayaba en la mediocridad y la palabra que mas se le oía decir era golfas. Tenía un sentido rencor hacia el sexo opuesto que me hacia pensar que era homosexual, cuestión refutable en más de una ocasión.
Empecé a salir con Cristian para conseguir mujeres. Al ver que él las rechazaba acudían a mí como consuelo y posible eje de acercamiento. Yo las usaba, les mentía y tras dos o más palabras de poeta clandestino algunas caían rendidas aún con cierta esperanza de obtener algo del “otro”.
Una mañana mientras yo fumaba mariguana Cristian me pregunto que se sentía. Lo mire fijamente y como no pude explicar con palabras ni con mímica, como él seguramente se hubiera expresado,le respondí que sería mejor que lo experimentara. Desde esa ocasión Cris, como cariñosamente muchos le decían, jamás dejo de consumir la hierba que habría de llegar a considerar sagrada.
Hasta antes de ese momento él ni siquiera fumaba cigarro, no tomaba y lo más que hacia era dilucidar y viajar a través de los huecos que se hacían entre sus dedos, cuando durante minutos se tapaba el rostro con ellos moviéndose enfrente de sus ojos rápidamente.
Estudiaba pero en su lenguaje no se vislumbra viso alguno de ello, esto me molestaba pues pensaba que una cara debía de ir acorde a una actitud y la suya era más bien vulgar. Aparte en ese entonces yo me consideraba un Don Juan, un Cortázar, un Maquiavelo. Mis lecturas y análisis me daban cierto aire de notoriedad entre los muchachitos de no más de dieciocho años con los que me juntaba.
Por ende empecé a prestarle libros los cuales devoraba rápidamente. En una ocasión me devolvió Ensayo para la Ceguera dos días después de que se lo había entregado.
- ¡Uf! Hermano, no he dormido pero ahora entiendo mejor la complejidad de la raza humana, -me dijo.
Su lenguaje empezaba a mejorar; su aspecto denotaba descuido y cansancio y su adicción por la mariguana crecía. Una cosa por otra dilucidaba yo argumentando que no había nada como la expresión a través de la oralidad y las letras y que obtener las llaves de la sabiduría para comprender y utilizar estas vías valía todo riesgo.
Una noche durante las vacaciones Cris llegó a mi casa sudando y desconcertado. Había investigado mi dirección y después de vueltas casi interminables había dado conmigo.
-Uf, hermano me tienes que prestar un libro por el amor de dios –me dijo-
-Pero si para eso hay bibliotecas cabrón, que no las conoces –le contesté –
Desconcertado Cris realizó una analogía en la cual visualizaba mi ser como un complejo Aleph: como un universo de conocimiento, sin el cual él no podría vivir. Casi eres el libro de Borges me gritaba emocionado. Entendí que Cristian estaba obsesionado oníricamente por la literatura y mi rostro él cual me pidió le dejara tocar con sus manos que sentí frías y ágiles en mis pómulos, boca, nariz y frente.
Un día soleado, en uno de nuestros tantos paseos por el Colegio, me confesó que me veía en sueños, representando siempre a varios personajes de libros:
- Te he visualizado como el Quijote, como Justina, Chinasky, Pedro Páramo, Chin Chin el teporocho, Sal Paradise, Dean Moriarty, Bull Lee, La dama de las Camelias y hasta el Cuervo; y aunque se que no hay retratos para todos siempre veo tu rostro acoplado a cada personaje armoniosamente – me dijo frenético.
Estaba sorprendido, yo nunca había llevado mis alucines y dilucidaciones al extremo. Veía a mis personajes literarios favoritos como entes puramente metafísicos, nunca los materializaba. Estaba desconcertado y Cris más ojeroso y con ansias locas de fumar mariguana.
Cuando no fumo no leo me confesó: Es un tren al entendimiento, una cosa lleva a la otra, si fumó entiendo y comprendo, si no solo miro letras sin sentido para mi espíritu, me decía harto convincente con sus ojos negros profundamente clavados en los míos. Estaba enloqueciendo, lo envidaba y lo odiaba guardadamente por eso.
Si antes no le hacia caso a ninguna chica ahora menos. Se había ensombrecido y paradójicamente a quien perseguían era a mí aunque yo ya había perdido interés por cualquier cosa que no fuera la actitud de Cris hacia la vida. Estábamos complementados por la literatura.
Una tarde lluviosa llego empapado y llorando a mí casa. Gritaba que veía mi rostro en sus manos. Por entre sus dedos, en sus palmas, uñas, y aún muñecas mi cara lo seguía, no quería volver a verlas pues estaba temeroso de que yo lo matara utilizando sus propias extremidades. Llevaba guantes.
Cristian estaba loco y pronto su familia se dio cuenta. Empezó a alucinar y a verme en el agua que tomaba, por ende la dejo de consumir. Fumaba más mariguana y en una ocasión le aventó un vaso de vidrio a su madre por que la confundió conmigo.
Lo recluyeron en una granja de la cual a los seis meses salió directamente a buscarme, suplicándome por un libro el cual no le preste: devuélveme los anteriores le argumentaba, cosa que jamás hizo.
De regreso a su aparente cotidianidad un día Cristian se aventó a las vías del metro. La palomilla se asusto, las mujeres gritaron y una palanca jalada oportunamente por un individuo salvó la vida de nuestro compañero.
Jamás lo volvimos a ver y jamás recupere más de un centenar de libros que había compartido con él. Mi tranquilidad desapareció también junto a las hojas impresas de letras encuadernadas.
Poco tiempo después cuando fui a visitarlo al hospital me informaron que Cristian se había cortado las manos con un vidrio filoso que consiguió nadie sabe en donde argumentando que ya no quería ver un rostro que lo atormentaba cada que pasaba sus dedos rápidamente por enfrente de sus ojos. No se las pudieron salvar, se gangrenaron, y sus muñecas serian para siempre puro muñon.
Yo lo se lector: tengo mi pase al infierno.
Don Fer
Noviembre del 2007
La botella transparente y el contenido en ella: un tequila color miel que va desapareciendo a la velocidad de los pequeños pitos de mariguana que me voy fumando, me trae remolinos emocionales de gratitud hacia aquellas personas que alguna vez compartieron espacio conmigo.
Recuerdo a Alfaro Guardados, un viejo ratero de vecindad que vivía en la colonia Vallejo al norte de la ciudad de México. El fue quien me enseño a periquear, a meterme coca por la nariz. Anteriormente me la fumaba y aunque la sensación es casi la misma el golpe en la nuca y en los ojos no se compara con nada en el mundo.
Igualmente guardo gratos instantes en mi memoria de el David Alfaro Sic de la banda, pintor amateur que murió como perro desangrado en un hospital psiquiátrico del estado de Morelos por pintar los muros blandos de su celda con su propia sangre, al negarle los vigilantes pinturas y un cuaderno por considerar su actividad poco lúdica y “peligrosa”.
Pero hoy te voy a contar acerca de mi amigo Cristian, aquel que provocaba suspiros de quienes tuvieron la fortuna de verlo en su andar por la caótica y contaminada ciudad o por pueblos jodidos- pobres pero bellos y llenos de luz - y por uno que otro hueco en el que se metía después de levantar tapas de coladeras en cualquier lugar.
Cuando lo conocí me enamore de su rostro duro pero de una fineza inenarrable, parecía un retrato del Marques de Sade. Su andar era tranquilo y movía las manos graciosamente cuando hablaba, era mimo sin saberlo pues recreaba escenas dantescas, sublimes, banales y complejas con los diez dedos y sus dos palmas.
Todas las chicas del Colegio lo seguían aún cuando él las ignoraba sin el más mínimo pudor: ¡qué me siguen golfas hijas de puta! Les gritaba cuando veía que un grupito de más de dos chicas cuchicheaba y reía tras su figura.
En mi primer acercamiento me sorprendió que su rostro no tuviera que ver con sus modales. Era en cierta forma grotesco al hablar, su vocabulario rayaba en la mediocridad y la palabra que mas se le oía decir era golfas. Tenía un sentido rencor hacia el sexo opuesto que me hacia pensar que era homosexual, cuestión refutable en más de una ocasión.
Empecé a salir con Cristian para conseguir mujeres. Al ver que él las rechazaba acudían a mí como consuelo y posible eje de acercamiento. Yo las usaba, les mentía y tras dos o más palabras de poeta clandestino algunas caían rendidas aún con cierta esperanza de obtener algo del “otro”.
Una mañana mientras yo fumaba mariguana Cristian me pregunto que se sentía. Lo mire fijamente y como no pude explicar con palabras ni con mímica, como él seguramente se hubiera expresado,le respondí que sería mejor que lo experimentara. Desde esa ocasión Cris, como cariñosamente muchos le decían, jamás dejo de consumir la hierba que habría de llegar a considerar sagrada.
Hasta antes de ese momento él ni siquiera fumaba cigarro, no tomaba y lo más que hacia era dilucidar y viajar a través de los huecos que se hacían entre sus dedos, cuando durante minutos se tapaba el rostro con ellos moviéndose enfrente de sus ojos rápidamente.
Estudiaba pero en su lenguaje no se vislumbra viso alguno de ello, esto me molestaba pues pensaba que una cara debía de ir acorde a una actitud y la suya era más bien vulgar. Aparte en ese entonces yo me consideraba un Don Juan, un Cortázar, un Maquiavelo. Mis lecturas y análisis me daban cierto aire de notoriedad entre los muchachitos de no más de dieciocho años con los que me juntaba.
Por ende empecé a prestarle libros los cuales devoraba rápidamente. En una ocasión me devolvió Ensayo para la Ceguera dos días después de que se lo había entregado.
- ¡Uf! Hermano, no he dormido pero ahora entiendo mejor la complejidad de la raza humana, -me dijo.
Su lenguaje empezaba a mejorar; su aspecto denotaba descuido y cansancio y su adicción por la mariguana crecía. Una cosa por otra dilucidaba yo argumentando que no había nada como la expresión a través de la oralidad y las letras y que obtener las llaves de la sabiduría para comprender y utilizar estas vías valía todo riesgo.
Una noche durante las vacaciones Cris llegó a mi casa sudando y desconcertado. Había investigado mi dirección y después de vueltas casi interminables había dado conmigo.
-Uf, hermano me tienes que prestar un libro por el amor de dios –me dijo-
-Pero si para eso hay bibliotecas cabrón, que no las conoces –le contesté –
Desconcertado Cris realizó una analogía en la cual visualizaba mi ser como un complejo Aleph: como un universo de conocimiento, sin el cual él no podría vivir. Casi eres el libro de Borges me gritaba emocionado. Entendí que Cristian estaba obsesionado oníricamente por la literatura y mi rostro él cual me pidió le dejara tocar con sus manos que sentí frías y ágiles en mis pómulos, boca, nariz y frente.
Un día soleado, en uno de nuestros tantos paseos por el Colegio, me confesó que me veía en sueños, representando siempre a varios personajes de libros:
- Te he visualizado como el Quijote, como Justina, Chinasky, Pedro Páramo, Chin Chin el teporocho, Sal Paradise, Dean Moriarty, Bull Lee, La dama de las Camelias y hasta el Cuervo; y aunque se que no hay retratos para todos siempre veo tu rostro acoplado a cada personaje armoniosamente – me dijo frenético.
Estaba sorprendido, yo nunca había llevado mis alucines y dilucidaciones al extremo. Veía a mis personajes literarios favoritos como entes puramente metafísicos, nunca los materializaba. Estaba desconcertado y Cris más ojeroso y con ansias locas de fumar mariguana.
Cuando no fumo no leo me confesó: Es un tren al entendimiento, una cosa lleva a la otra, si fumó entiendo y comprendo, si no solo miro letras sin sentido para mi espíritu, me decía harto convincente con sus ojos negros profundamente clavados en los míos. Estaba enloqueciendo, lo envidaba y lo odiaba guardadamente por eso.
Si antes no le hacia caso a ninguna chica ahora menos. Se había ensombrecido y paradójicamente a quien perseguían era a mí aunque yo ya había perdido interés por cualquier cosa que no fuera la actitud de Cris hacia la vida. Estábamos complementados por la literatura.
Una tarde lluviosa llego empapado y llorando a mí casa. Gritaba que veía mi rostro en sus manos. Por entre sus dedos, en sus palmas, uñas, y aún muñecas mi cara lo seguía, no quería volver a verlas pues estaba temeroso de que yo lo matara utilizando sus propias extremidades. Llevaba guantes.
Cristian estaba loco y pronto su familia se dio cuenta. Empezó a alucinar y a verme en el agua que tomaba, por ende la dejo de consumir. Fumaba más mariguana y en una ocasión le aventó un vaso de vidrio a su madre por que la confundió conmigo.
Lo recluyeron en una granja de la cual a los seis meses salió directamente a buscarme, suplicándome por un libro el cual no le preste: devuélveme los anteriores le argumentaba, cosa que jamás hizo.
De regreso a su aparente cotidianidad un día Cristian se aventó a las vías del metro. La palomilla se asusto, las mujeres gritaron y una palanca jalada oportunamente por un individuo salvó la vida de nuestro compañero.
Jamás lo volvimos a ver y jamás recupere más de un centenar de libros que había compartido con él. Mi tranquilidad desapareció también junto a las hojas impresas de letras encuadernadas.
Poco tiempo después cuando fui a visitarlo al hospital me informaron que Cristian se había cortado las manos con un vidrio filoso que consiguió nadie sabe en donde argumentando que ya no quería ver un rostro que lo atormentaba cada que pasaba sus dedos rápidamente por enfrente de sus ojos. No se las pudieron salvar, se gangrenaron, y sus muñecas serian para siempre puro muñon.
Yo lo se lector: tengo mi pase al infierno.
Don Fer
Noviembre del 2007
Disertaciones publicas sobre mis héroes anónimos o, quizás, no tanto.

A Joan Vollmer
Alego demencia cuando alguien me pregunta sobre mis héroes. No me gusta hablar del tema. En realidad no lo hago por respeto tierno y soslayado a quienes consideran héroes y hasta ejemplos a seguir a equipos de fútbol, artistas,escritores, etcétera. O por indulgencia burlona a los que se derriten mental y económicamente con seres producto de alguna especie de fantasía posmoderna, salvadores del mundo atraves de poderes supraterrenales vulgares: Superman, Batman, Flash, Rambo (léase el mundo como Estados Unidos).
Mis héroes no tienen fama o etiqueta comercial alguna pero igual salvan, recorren y ensalzan al mundo cotidianamente pareciendo que tuvieran súper poderes.
Admiro y desearía ser como el barrendero que por las noches fuma marihuana en una esquina cercana a mi casa para después realizar su labor purificadora y estética. O al vagabundo que siempre me encuentro en la lagunilla quien más que vivir sobrevive contando historias sobre sus batallas en el más allá contra seres malignos a los cuales derrota a diario: el miedo, la enfermedad, la infección, las madrizas de la policía y las violaciones de locos que lo penetran mientras duerme.
Admiro a mis amigas las prostitutas que realizan verdaderos milagros levantando y revitalizando almas al borde de la muerte dando placer mágico físico a quien pague y se deje guiar por sus terrenos en habitaciones de hoteles, lechosas y mal olientes. Admiro su fortaleza, entrega, vigor y por su puesto sus súper poderes; doy gracias y levanto un altar al camello que vende sustancias que purifican y expanden mi espíritu para elevarlo al más allá en donde el final me mira con sus ojos de sorpresa y divina clarividencia pidiéndome que acuda.
A Joan Vollmer la admiro no por que fuera esposa de William S. Burroughs – aunque debo confesar que la conocí gracias a esto – sino más bien por la forma en que vivió: alcohólica desde jovenzuela, adicta a las anfetaminas; mujer que rompió esquemas tradicionalistas de su época moviéndose de manera libre: siguiendo más sus instintos básicos y salvajes que una moral absurda y tapadera de las perversiones más inmorales.
Alego demencia cuando alguien me pregunta sobre mis héroes. No me gusta hablar del tema. En realidad no lo hago por respeto tierno y soslayado a quienes consideran héroes y hasta ejemplos a seguir a equipos de fútbol, artistas,escritores, etcétera. O por indulgencia burlona a los que se derriten mental y económicamente con seres producto de alguna especie de fantasía posmoderna, salvadores del mundo atraves de poderes supraterrenales vulgares: Superman, Batman, Flash, Rambo (léase el mundo como Estados Unidos).
Mis héroes no tienen fama o etiqueta comercial alguna pero igual salvan, recorren y ensalzan al mundo cotidianamente pareciendo que tuvieran súper poderes.
Admiro y desearía ser como el barrendero que por las noches fuma marihuana en una esquina cercana a mi casa para después realizar su labor purificadora y estética. O al vagabundo que siempre me encuentro en la lagunilla quien más que vivir sobrevive contando historias sobre sus batallas en el más allá contra seres malignos a los cuales derrota a diario: el miedo, la enfermedad, la infección, las madrizas de la policía y las violaciones de locos que lo penetran mientras duerme.
Admiro a mis amigas las prostitutas que realizan verdaderos milagros levantando y revitalizando almas al borde de la muerte dando placer mágico físico a quien pague y se deje guiar por sus terrenos en habitaciones de hoteles, lechosas y mal olientes. Admiro su fortaleza, entrega, vigor y por su puesto sus súper poderes; doy gracias y levanto un altar al camello que vende sustancias que purifican y expanden mi espíritu para elevarlo al más allá en donde el final me mira con sus ojos de sorpresa y divina clarividencia pidiéndome que acuda.
A Joan Vollmer la admiro no por que fuera esposa de William S. Burroughs – aunque debo confesar que la conocí gracias a esto – sino más bien por la forma en que vivió: alcohólica desde jovenzuela, adicta a las anfetaminas; mujer que rompió esquemas tradicionalistas de su época moviéndose de manera libre: siguiendo más sus instintos básicos y salvajes que una moral absurda y tapadera de las perversiones más inmorales.
Se casó y tuvo dos hijos con un escritor, homosexual consumado: Burroughs, con el que vivió un tiempo en la Ciudad de México (exactamente en la colonia Roma, en la calle de Orizaba)
Su lugar nunca fue terrenal, siempre estuvo sin estar. Pasaba más tiempo en galaxias lejanas combatiendo y departiendo - nadie sabe con que seres - transportada siempre por el alcohol y las pastillas que se metía. No fue escritora, ni pintora ni súper girl. No tuvo pretensiones aunque conoció, convivió y cogió con la parte gruesa del movimiento beatnik como Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Lucien Carr entre otros.
Y es que admiro y ensalzo a la mujer que se deja llevar como fuente inspiradora, acompañante de las más exquisitas perversiones humanas, teniendo ella las suyas propias.
Simplemente la raza humana no existiría sin estas heroínas. A Joan, quien constantemente buscaba la muerte jugando con ella (nadie se mete anfetas y alcohol a diario sin saber el trágico final que le espera) la mató William Burroughs cuando en un intento de imitación del estilo Guillermo Tell puso un vaso sobre su cabeza y le disparo dando en el blanco: la sien de su esposa… El alcohol, las pastillas y la compañía del viejo William cumplieron su cometido.
Y es que el hecho en si fue detonante para que fructificaran ideas y creaciones insurrectas materializadas en libros que perduraran siempre en los corazones de quienes conocemos la obra de Burroughs.
¡Diablos y demonios! Deberíamos de santificar a quien osa dar su vida como fuente de inspiración para la creación más exquisita y compleja que los seres humanos pueden realizar: la escritura. ¡Bendita seas Joan!
Yo no intentaría matar a alguien, pero voy por el mundo robando corazones, esencias, olores, alientos, ruidos, caricias, miradas para ejercer la creación y reconfortarme espiritualmente.
Es por eso que hoy brindo por Joan; por mis amigos borrachos y drogadictos que a diario con sus miradas tentadoras y descubridoras, y demás superpoderes, me salvan del maligno manteniéndome en este mundo.
Brindo por las mujeres que me han rodeado enseñándome que la felicidad existe, aunque momentánea, para vencer a los miedos y a la ansiedad que causa la soledad; por esos viejos vagabundos que han compartido cobijas y alcohol conmigo para cuidarme del frió y calentar mi espíritu; por los boxeadores, luchadores, toreros que con su sangre calman en mí la necesidad de ver la mía propia derramada sobre aceras indecentes.
Por ti, héroe anónimo, esto es lo que te puedo ofrecer…
Don Fer.
Febrero 2008
Brindo por las mujeres que me han rodeado enseñándome que la felicidad existe, aunque momentánea, para vencer a los miedos y a la ansiedad que causa la soledad; por esos viejos vagabundos que han compartido cobijas y alcohol conmigo para cuidarme del frió y calentar mi espíritu; por los boxeadores, luchadores, toreros que con su sangre calman en mí la necesidad de ver la mía propia derramada sobre aceras indecentes.
Por ti, héroe anónimo, esto es lo que te puedo ofrecer…
Don Fer.
Febrero 2008
Deprimido
Escribo cuando estoy deprimido.
Por las noches el demonio llamado soledad me llama con sus manos sucias, temblorosas y llenas de imágenes para que lo siga.
Y mis lágrimas derramadas en la almohada ahí quedan como mudos testigos de mis ataques de furia, ansiedad y loca tristeza.
Ayer volví a soñar contigo, compartí nuevamente nuestros momentos esplendorosos; observe mis viajes y virajes multifacéticos junto a ti. Vi tus manos en mi pecho tratando de resucitarme cada que el paro venia y se apoderaba de mí.
Enfermera, me doy cuenta que necesito el calor de tus miembros recorriendo mi cuerpo. Imploro a tus palabras para que limpien y purifiquen mi alma, una ves más.
Desfallezco cada que algo toca mi mente y la hace iluminarse con proyecciones que ya fueron y aún hieren mi corazón.
Por que ahora ya no puedo sacar a pasear a mi perro, ya no voy al cine, ya no me baño, las uñas de los pies ya no recorto; no juego fútbol los domingos, no me dejo llevar por la tele, no trabajo, no duermo y ni una erección logro mantener.
El otro día decidí levantarme y andar. Lo único que logre fue levantar la tapa del excusado para cagar. Quisiera desechar de la misma manera tu recuerdo enfermera.
Me la paso acostado pensando y esto me hace mal. Y es que cuando a mi cerebro alguna llama de bondad y felicidad llega a quemarme es inmediatamente sofocada por el frió del abandono, del mal sin razón.
Quien dice que el humano es pensante por clarividencia del divino y que esto es una bendición con la cual debemos sentirnos afortunados se equivoca. Yo quisiera ser un perro que come, caga, coge y duerme…
Me quiero mover por instinto sin preocuparme en mentalizar ideas tan dolorosas como el amor, odio, cariño y todo lo que conlleve un poco de razón.
Apenas trago y bebo algo. Es más la cerveza ya ni me gusta, la vomito continuamente.
Quisiera regurgitarte enfermera. Creo que vives dentro de mi como demonio, clavando un alfiler en mi corazón cada que se te da la gana.
Y todo esto por que voy a cumplir un año más sin verte. Te imploro, te añoro y aún más: te perdonó los trastornos físicos y mentales que dejaste en mí. Pero por favor abandóname, déjame vivir, te lo suplicó.
¿Harías solo esto por mí?
Soledad ¿te llamas enfermera?
Don Fer
Noviembre 2007
Por las noches el demonio llamado soledad me llama con sus manos sucias, temblorosas y llenas de imágenes para que lo siga.
Y mis lágrimas derramadas en la almohada ahí quedan como mudos testigos de mis ataques de furia, ansiedad y loca tristeza.
Ayer volví a soñar contigo, compartí nuevamente nuestros momentos esplendorosos; observe mis viajes y virajes multifacéticos junto a ti. Vi tus manos en mi pecho tratando de resucitarme cada que el paro venia y se apoderaba de mí.
Enfermera, me doy cuenta que necesito el calor de tus miembros recorriendo mi cuerpo. Imploro a tus palabras para que limpien y purifiquen mi alma, una ves más.
Desfallezco cada que algo toca mi mente y la hace iluminarse con proyecciones que ya fueron y aún hieren mi corazón.
Por que ahora ya no puedo sacar a pasear a mi perro, ya no voy al cine, ya no me baño, las uñas de los pies ya no recorto; no juego fútbol los domingos, no me dejo llevar por la tele, no trabajo, no duermo y ni una erección logro mantener.
El otro día decidí levantarme y andar. Lo único que logre fue levantar la tapa del excusado para cagar. Quisiera desechar de la misma manera tu recuerdo enfermera.
Me la paso acostado pensando y esto me hace mal. Y es que cuando a mi cerebro alguna llama de bondad y felicidad llega a quemarme es inmediatamente sofocada por el frió del abandono, del mal sin razón.
Quien dice que el humano es pensante por clarividencia del divino y que esto es una bendición con la cual debemos sentirnos afortunados se equivoca. Yo quisiera ser un perro que come, caga, coge y duerme…
Me quiero mover por instinto sin preocuparme en mentalizar ideas tan dolorosas como el amor, odio, cariño y todo lo que conlleve un poco de razón.
Apenas trago y bebo algo. Es más la cerveza ya ni me gusta, la vomito continuamente.
Quisiera regurgitarte enfermera. Creo que vives dentro de mi como demonio, clavando un alfiler en mi corazón cada que se te da la gana.
Y todo esto por que voy a cumplir un año más sin verte. Te imploro, te añoro y aún más: te perdonó los trastornos físicos y mentales que dejaste en mí. Pero por favor abandóname, déjame vivir, te lo suplicó.
¿Harías solo esto por mí?
Soledad ¿te llamas enfermera?
Don Fer
Noviembre 2007
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