Ian Curtis

Me siento solo en el gran teatro. Las luces iluminan con sus destellos multicolores a todos los demás. Estoy arrinconado y aunque soy parte del espectáculo ya no participo en él. Lo decidí después de haber enfrentado las risas, reproches, burlas y abucheos. No soporto el escenario ni a mis compañeros complacientes con sus risas forzadas.

Lo mejor será actuar para mí, complacerme mostrando mis instintos más salvajes y contradictorios. Me han cansado los aplausos forzados, las elocuencias positivas e hipócritas. El melodrama del mundo va bien para la mayoría, para aquellos que necesitan las luces sobre sus rostros y los aplausos de los demás para sentirse vivos; ellos se encuentran en el círculo obligado de la vida y eso les va como un traje hecho a la medida. Yo deje de girar en él hace mucho tiempo ya. Lo intente y fracase, no estoy hecho para este mundo y sus complejas abstracciones morales y objetivas.

En alguna ocasión una luz se enciende en mi corazón y parece guiarme, cual apuntador, hacia los demás artistas. Y me dejo ir aunque sea fugazmente. Ellos no se dan cuenta pero por un momento mi fútil espíritu se une a sus corrientes cuerpos. Y por un momento me siento bien, todos los sentimientos que guardo en mi alma aparecen exacerbados e iluminados y los manejo de la mejor manera. He amado, odiado, sufrido, creado y guiado a la vez, más esto parece no importar a los demás que solo siguen viéndome como uno más. Nunca nadie se dará cuenta de la diferencia entre un actor del mundo y uno del espíritu, de la soledad y la otredad.

La carpa se cierra y se abre constantemente pero siempre se da el mismo espectáculo: ellos queriendo quedar bien con los otros, violando constantemente lo que humana, tierna e inocentemente llaman sus ideales. Y el público aplaude por no saber hacer otra cosa. El gran dilema de la humanidad es que los actores no saben su papel principal en la vida. Siempre siguen y adoptan el que va mejor con el momento, con el que pueden hacer reír o entristecer al otro. Siempre quedando bien, siempre.

Se ha perdido el dramatismo que implica el arte, se ha difuminado el sentido innato de desenvolverse con libertad. Ahora la vida se ha vuelto demasiado vulgar, muy estereotipada y material. Se ha dejado de lado el espíritu, la magia que conlleva seguir los instintos más salvajes y momentáneos.

Pero adelante. Seguid humanidad, el maquillaje les va bien, los atuendos brillosos y de última moda les asientan a la perfección. Dejadnos solos a aquellos pocos espíritus que vagamos por la noche riéndonos lastimosamente de ustedes.

Si tan solo pudiera quedarme con una mirada sincera de amor, odio, rencor, tristeza o de cualquier sentimiento veraz podría irme en paz, pero todo es actuado… Seguid humanidad, que la inmortalidad es para unos cuantos.

Yo me quedo en mi teatro mágico solitario, siendo mi único espectador, riendo y sufriendo para mis adentros. Si alguno queréis entrar a esta carpa recuerde solo una cosa: jamás saldrán y si lo llegasen a hacer saldrían locos… Yo ya lo estoy.

Don Fer.
Agosto 2008

En la carpa…
Lo importante es que me considero un escritor; lo peligroso es que soy un soñador.
Don Fer.


Personalidades

Hoy se despertó con la sensación que ya conocía: escalofríos, ansiedad, sudoración extrema y latidos exasperados del corazón; su estómago parecía una hoguera cuyo humo recorría sus vías respiratorias para salir por sus resecos labios lastimándole la garganta.

Sabía que una nueva adicción había llegado a su vida y descifraba bien de lo que se trataba: jamás podría dejar de escribir.

Era harto raro, quizá para algunos ni adicción se considerara, a lo más un pasatiempo, pero para él esto se estaba convirtiendo en una necesidad comparable, solamente, con su deseo de vivir. El descubrimiento le causaba gran sufrimiento.

Él quería llevar una vida "normal y sana"; comprar un carro, tener novia, casa, una mascota y dinero... Ya lo había intentado pero sus otras adicciones no lo habían dejado fructificar: lectura, estudio, cigarrillos, alcohol, deambulares nocturnos, fiestas y sexo dominaban todos los aspectos de su vida.

Una novia tuvo y en un arranque desatado por las ideas de libertad que fluían en su cabeza la mató. Un carro compró y en un ataque de anti materialismo lo destrozó. Un perro consiguió y en cierto momento desestabilizador lleno de furia, refutando responsabilidades, lo regaló.

Se encontraba descorazonado, sus sueños ahora habían elevado su temperatura. Despertaba por las noches empapado en sudor y harto espantado, a veces no podía respirar. Las ideas acumuladas en su cabeza, que parecían milenarias, exigían ser liberadas, deseaban ser plasmadas pero él solo deseaba ser normal, no tener esos sueños ni esas necesidades; añoraba ser como tú, como otros tantos, como la mayoría.



Se levantó de su mojada cama y decidió regresar a la escuela – primer error –En su andar había encontrado a antiguas personas que, como la suya, tenían la mente insana llena de abstracciones indescifrables. En la Universidad había de todo pero él parecía tener un imán que atraía a los seres más complejos y locos que rondaban sus pasillos: paranoicos, esquizofrénicos, punketos, yonkis, músicos diversos, escritores, putas y uno que otro más con el espíritu distinto al de las mayorías.


A veces se comparaba a sí mismo con un insecticida pues cuando trataba de entablar algún tipo de relación con algunos seres "sanos y cuerdos" estos le huían. Veía a esa gran mayoría con sus proyectos de vida establecidos, con sus flamantes novias y sus bellos autos. Escuchaba sus conversaciones llenas de prejuicios contra todo lo que violaba sus buenas costumbres y su intachable moral. A veces le daban ganas de seguirlos, unírseles, de ofrecerles incluso su corazón con tal de que lo enseñaran a ser como ellos… a ser normal.

Siempre lo mandaban a volar, y él viajaba.

Eligio dejar su trabajo - segundo error- Él sabía que necesitaba dinero, mucho dinero, para poder tener lujos, comer en los mejores restaurantes, beber en exclusivos bares, comprar en los más caros almacenes de ropa, calzar a la última moda y usar las mejores aromas.



Después de su terrible descubrimiento había decidido ir a un concierto de música clásica en el palacio de bellas artes de su ciudad. Todo iba bien y se mantenía tranquilo hasta que un funcionario representante del gobierno de su país conmino unas palabras en honor al músico que dirigiria la orquesta - En su país gobernaba la derecha y su locura, eso lo sabía, era de izquierda- Empezó a silbar, abuchear y a exigir con gritos enfurecidos que aquel ser se callara y se fuera. Lo hubieran sacado de tan prestigiado lugar si no es porque todo el público lo secundo, se sabía un líder y por un momento el corazón se le hincho.

Se había dado cuenta de que la locura también se compartía y aunque aún no hubiese llevado a cabo su plan– retomado de uno más antiguo – de vaciar LSD en los sistemas de agua potable que llegaba a la mayoría de hogares de la ciudad imaginaba la reacción conjunta y la piel se le erizaba: la libertad sería vivida, quizás para muchos por primera ocasión, y se le uniría ese toque mágico que da la locura: entonces sí todos despertarían de su letargo.

Al terminar el concierto aprendió que su mundo no era el de las mayorías. Se miro a sí mismo, balbuceo algunas palabras y decidió cerrarle las puertas a la masa inútil, a aquella que ya no le servía. Decidió intentar ser el mismo.


Volvió a las andadas, repitió el rito, se dejo llevar dulzonamente y un poco cabizbajo por esa nueva necesidad: escribió, escribió y escribió. Casi milagrosamente se dio cuenta que revitalizaba su espíritu sin dejar de lado el sufrimiento que ahora asociaba con algo sagrado. A lo sublime solo se llega atraves del dolor, dilucidaba.

Algunos de los distintos seres que confluían en él: intelectual, espiritual y creativo se encontraban en paz, corrían libremente cual mozuelos en campos de trigo veraniegos, sin embargo había otras partes que no iban del todo bien: la física, moral, planeadora; la estructural y socialmente aceptable.

En su caso le deprimía saber que no viviría de lo que le gustaba hacer:
escribir, pero elucubraba que si llegara a hacerlo sería lo mismo: saturación y consiguiente búsqueda de otra adicción más fuerte para continuar en el mismo juego que había sido su vida.

Físicamente escribir le causaba estragos: no dormía ni trabajaba, sus muñecas le dolían constantemente, fumaba más de lo debido ,se inyectaba mucha más heroína que conseguía después de liarse a golpes en callejones oscuros en donde las apuestas corrían libremente. Sufría pero, en verdad, no podía vivir sin esto.

Cuando creaba la ensoñación y la abstracción lo dominaban todo el día: amanecía crudo, dejaba sus pertenencias - junto a su corazón - en esquinas peligrosas; se prostituía para conseguir algo que comer. No le importaba nada solo escribir… Sabía que estaba vivo gracias a las letras y eso le reconfortaba.


Dejar de lado su locura sería conducirse al suicidio. Soñaba… su rostro iluminado por una sonrisa; su casa llena de accesorios y su jardín repleto de flores y abejas empapándose por el agua de alguna llovizna; sus hijos jugando en el patio mientras él y su pareja se besaban cálidamente diciéndose te quiero. Su oficina se encontraría repleta de diplomas, usaría ropa de la mejor marca, su felpudo estaría arreglado a la última moda; se divertiría los fines de semana con sus amigos en alguna cantina para después llegar temprano a su casa acostarse y platicar con su mujer acerca de la dura semana laboral… soñaba y se veía tumbado en un sillón viendo películas comerciales de acción en su sistema de televisión por cable.

Quizás era mejor soñar con esta realidad alterna a imaginar que alguna vez había sido escritor. Para él los sueños eran tan reales como la vida misma y sabía que lo mejor o tal vez lo peor – eso no se sabe hasta que ocurre- es que a veces estos se hacen realidad.


No se quería aceptar como era, a veces lo intentaba pero no lo lograba, solo esperaba al destino y lo que este le dictara.

Sabía que se estaba acercando…


De repente despertó. ¿Otra vez?

Se encontraba en un cuarto, solo. Sin ventanas ni vida exterior la única ventilación era un pequeño hueco que a la vez servía para pasar un poco de comida. Desnudo, no sabía dónde estaba. Se miró las manos, los pies y se toco el rostro: no se reconocía. No sabía quién era, de donde venía ni siquiera si en realidad existía.

A lo lejos en un rincón observo un lápiz y varias hojas de papel, le costó trabajo saber de qué se trataba. Monótonamente y con una reacción debida más a la costumbre que a otra cosa se levantó, estiro sus rígidos miembros y se acercó a las herramientas presentes para hacer uso de ellas: escribió, escribió y escribió.

Y así siguió contando retazos de su vida, añoranzas y sueños. Y pronto fue adquiriendo la personalidad que en ese momento deseó: la tuya, la de miles, la del escritor…

¿El destino? Se acabaría en cuando las hojas se terminasen.

Don Fer
Mayo 2008


Analogía entre la puta y el escritor

Soy tan libre de espíritu que por las noches recorro grandes distancias montado en mi caballo gris de cuatro cilindros, totalmente lunático, alcoholizado y tal vez hasta ensoñador y un poco carismático. A veces busco a mis amigas las putas de la colonia Guerrero o a mis guerreros los yonkis del inframundo.

Disfruto del aire helado que choca en mi rostro conforme aumento la velocidad, lo corta y hace que mis labios se tornen fríos y rasposos. Me burlo abiertamente de los guardianes del orden que solo me miran con cara cuasi depresiva, quizá adivinando o elucubrando mi destino.

Y me meto a hoyos cual topo. No hay otra forma de describir los mundos que aunque visibles y tangibles son siempre subterráneos. Sigo a un ente que a mi vista parece divino el cual abre puertas laterales que ceden a un leve empuje explorando lo que hay detrás: cuerpos desnudos, sudados, mal olientes copulando, fundiendo sus células a través de su aliento y líquido vital.

Ella me lleva de la mano apresurada, encontramos un cuarto del cual un intruso sale despavorido: una rata negra de un metro de largo que muestra sus colmillos harto enojada por nuestra osada curiosidad, dejándonos una cama caliente poco reconfortable y llena de chinches.

Y nuestros cuerpos se tumban uno al lado del otro para mirar el techo en donde yo veo lo que debe ser la superficie… Muy lejana. Inhalamos y exhalamos el humo del cigarro de coca mezclado con mariguana que compartimos: nos estamos besando a través de él.

Ella se desnuda mostrándome su blanco y cadavérico cuerpo producto de la falta de luz. Mi corazón late rápidamente excitado pero se detiene de golpe al escuchar son sesenta pesos.

Y abre sus piernas y un olor fétido se eleva del centro mismo de la creación. La penetro con mi miembro poco erecto y un gas comienza a invadir el ambiente, lo percibo, huelo y deduzco que es letal. La abofeteo por tan insolente acción, la corro del cuarto. Quiero intoxicarme solo, una puta no merece morir.

Cuando salgo me doy cuenta de que los seres noctámbulos, aquellos diablos consentidores de vicios me observan. Huyo tratando de desaparecer de sus ojos radiantes pero uno de ellos me alcanza, con una patada en los talones me tumba en el suelo rasposo, se monta sobre mí y me besa calidamente en la boca tocándome el cuerpo como tratando de vislumbrar un orificio, algo por donde pueda meter la magia que trae consigo. Después de forcejear un rato me introduce una línea delgada de polvo blanco por la nariz… cuando la aspiro sé que estoy preparado.

Y salgo a la superficie, nuevamente al aire. Pero aún siento que me falta más-siempre hace falta más-. El recuerdo de ella sobre mi cama me sobrecoge, me reanima a seguir husmeando por abajo.

Después de algunas cervezas en algún otro hoyo y de recorrer una distancia no muy grande la encuentro en una esquina cercana a Tepito y desde que la veo, a lo lejos, se que ella simboliza perfectamente mi placer, mi perversión más lúdica y que hoy explotaremos juntos algunas minas de oro… o tal vez de plata.

Me pregunta si la voy a golpear nuevamente, le contesto que no lo sé y ella con ojos de infinita tristeza quiere que le diga que sí, pero no estoy dispuesto a lastimarla, no quiero ver su sangre derramada sobre nuestras sabanas underground casi blancas. Sé que a ella le gusta que la golpee y me dice que por eso me cobra sesenta pesos, me dice que un día la matare y yo le contesto enérgicamente: ¡No! Una puta no debe morir.

Y vamos a otro hoyo en donde en lugar de ratas colmilludas, perros famélicos nos miran con ojos lastimeros… Y quiero tumbarme a su lado y abrazarlos y decirles que todo irá mejor y no lo hago pues ella me apresura con su mano para que la siga. Siento como una lágrima recorre mi mejilla.

Ya dentro de nuestra habitación ella golpea mi rostro y me gusta. Saca de su bolsa lo que yo imagino será un revolver, pero ¡oh! sorpresa son anfetaminas y cocaína.

Me gustas, me dice.

E intercambiamos: ella me mete sustancias y yo le ofrezco mí miembro el cual me cuesta trabajo meter. Y así copulamos nos drogamos y soñamos.

Cuando despierto ella me mira llorando y me dice que soy tierno por las palabras dulces que le digo: una puta no debe morir. Después de un momento le espeto: pero un cabrón como yo sí.

Y le imploro desesperado que me mate. Quiero que este momento sea el último; deseo descansar con su olor impregnado a mi cuerpo por toda la eternidad.

Pégame hasta dejarme inconsciente y después con una daga extrae mi corazón y dáselo a los perros del pasillo - le digo. Ella con cara de asombro me pregunta a que me dedico… soy escritor, le contesto casi llorando.

Medita un rato, una eternidad, sus ojos me miran con simulada indulgencia, me toma de la mano y suelta la carcajada más estruendosa y diabólica que haya escuchado para después casi gritarme: ¡Un escritor no debe morir! ¡Un escritor no debe morir!

Cuando volteo para mirar sus ojos ha desaparecido.

Don Fer.
No dejare de colorear mi vida, la tuya misma
Don Fer
Y resistir; y bailar, y ...

Don Fer
Espero que hundiendome en la plata, salga revitalizado, y un poco brillante.

Don Fer



¿Vendran tiempos mejores?


Por lo menos espero que sean verdes...

Don Fer

Premio Ortega y Gasset en la categoría de periodismo gráfico


¿Quién pone las minas en Iraq?
Fotografía de Gervasio Sánchez
Sofía perdió una pierna a causa de una mina antipersonal cuando tenía 14 años; ahora, con 25, es madre de dos hijos y una de las protagonistas de Vidas Minadas, 10 años, el último proyecto del fotoperiodista español que busca reflejar las historias de las víctimas de las minas en todo el mundo.


A mi familia, que siempre está en los tragos, sean buenos o malos.

Una nota que perdura en el corazón, en la memoria y aún en el inconsciente colectivo merece ser respetada y ensalzada por toda la eternidad.

El arte no se da en el cielo, se da donde hay FUEGO.
Don Fer.


Horacio Franco, o de un evento XXX.

Si… La lluvia que caía afuera del Palacio de bellas artes provocaba melancolía, recuerdos de tiempos mejores, de aquello que se fue para siempre, del amor perdido, de la otredad desaparecida.

Adentro del recinto todo era calor, humano – sintético: hartos perfumes, maquillajes; mucha ropa diría el artista culpable de esta reunión. Y es que él fue previsor y asistió holgado, ataviado a lo más con un pantalón y una playera que apenas cubría su torso.

Horacio Franco, flautista que festejó tres decadas de trayectoria profesional el pasado 12 de abril, es mi primo -honorífico claro- como seguramente es novio, hijo, pareja, sobrino, ahijado de muchos. Su personalidad invita a adoptarlo.

Y es que en este México ¡Lindo y Querido! Como cuesta ser XXX: treinta años dedicados al oficio más bello y puro que existe: el arte, la música. No hay de otra más que chingarle como lo ha hecho el catedrático y muchas veces becado Franco, aún hasta la fecha.

Convocado como cientos de seguidores –miles hubieran sido si el lugar lo permitiera- llegué al infierno mismo para festejar el cumpleaños artístico del maese. El agua que cayó sobre nuestras ropas se empezó a evaporar dentro de la sala principal del palacio. Se veía el vapor iluminado por los reflectores y luces que redoblaban la temperatura.

Y aquello empezó bien, nuestros diablos salieron a relucir cuando en un acto de oficialidad e institucionalidad, no requerida ni necesaria, el representante de la cultura en México Sergio Vela dio un discurso de felicitación. Los abucheos y silbidos casi no lo dejan terminar.

Sin tapujos, ni tampoco visos de grandeza o poses - ya clásicas en algunos “artistas” o “músicos”- Horacio Franco inició con un solo de flauta mágica (¿o debería decir: labios mágicos?). El ambiente se calentó más, una señora pidió aire acondicionado, la mayoría guardó silencio y comenzó a disfrutar del viaje. El bop de la flauta empezó a retumbar de una manera tan armoniosa en las blancas paredes y en los balcones que varios cerraron los ojos. No es común escuchar un solo de flauta tan grandioso. Por algo este músico es considerado uno de los mejores del mundo.

Y siguió enrollándonos en viajes alucinantes, en magias indescriptibles.

Si la magia existe se encuentra en la música, en el arte en general: las notas, pinceladas o letras te llevan a descubrir mundos a los que nunca te habías transportado. Por eso muchos cerraban los ojos. Con su irreverente peinado Punk Horacio manejaba ya la conciencia de varios. Parecía un diablo con cuernos, mostrándonos por un instante la verdad.

Escuchamos de sus manos y labios a Bach (El infinito; Entre lo terrenal y lo espiritual) para pasar deliciosa y nada abruptamente a la ruptura. Y es que el maese Horacio Franco, mi primo, rompe esa barrera de estilización y dureza que el arte presupone. Igual interpreta a Bach o Vivaldi que a Los Beatles, un danzón o un swing. Y con varias rolas de los Beatles, primero, acompañado como siempre de la orquesta Capella Cervantina y después un danzón y un swing puso a bailar a mi mente y corazón, que a mi cuerpo hubiera sido si tan prestigiado lugar me lo hubiera permitido.

Terminado el baile, varios chavos salieron a los pasillos aprovechando el necesario intermedio para todos aquellos que buscaban aire. Cuerpos sudados, el perfume comenzaba a perder efectividad. Fuera abrigos. Adentro el calor permanecía: sabroso. El arte no está en el cielo.

Y los chavos comentaban la actuación emocionados . Y es que a Horacio la juventud lo sigue pues ha desmitificado eso de que la música clásica es solo para rucos. Es un fenómeno poco visto y más en este México tan moralmente adulto. Tal vez sea porque un gran numero de este sector de la sociedad lo ve como uno de los suyos; como un creador de arte nada pretencioso y que sin ninguna pose toma espacios para expresarse. Las necesidades juveniles de crear, cambiar el mundo, disfrutar y apropiarse de espacios tradicionalmente dirigidos a los adultos se ven reflejadas en Horacio Franco y su desempeño. Si, a Franco dan ganas de adoptarlo.

La segunda parte del concierto fue conmovedora y ensoñadora. La copa, el cigarrillo o el chute de mota fueron esplendorosamente sustituidos por las notas. Todos viajamos atraves de ellas sin más. Interpretaciones de Bach (Triossonata en re menor) y Vivaldi (Concierto en Re mayor para flauta, violín y contrabajo; Concierto en Do mayor para flauta sopranino, cuerdas y continuo) hicieron estallar nuestras mentes con recreaciones lúdicas y poéticas.

La hecatombe llegó con el concierto en Do mayor para flauta soprapino, cuerdas y continuo de Antonio Vivaldi (1678 – 1741)… Maestro gritaba para mis adentros, ganas daban de bailar, de quitarse la ropa y de recibir la música de manea más natural, sin tanto perfume o estética. Lo hubiera hecho pero “tan prestigiado lugar” no me lo hubiera permitido.

Horacio es hippie gritaba y por un instante me sentí bien.

Don Fer
Abril 2008



VALIANT FANZINE VOL 1.


Valiant Fanzine, editado por Alfonso Morcillo y Juan Beat...
Colaboran en este numero: Don Fer, Hector Viramontes, Yahir Alonso Ortíz, Renato Bocchio Linares, Carlos Camaleón, Ricardo Pineda Aguilar y más...
Bajalo Gartis dandole click a la portada de arriba (en los archivos aparece como Valiant1.pdf y Valiant1.zip.zip)
Si lo quieres adquirir impreso envia un correo a autogestion_creativa@hotmail.com y te lo haremos llegar.

Analogía entre la puta y el escritor

Soy tan libre de espíritu que por las noches recorro grandes distancias montado en mi caballo gris de cuatro cilindros totalmente lunático, alcoholizado y tal vez hasta ensoñador y un poco carismático. A veces busco a mis amigas las putas de la colonia Guerrero o a mis guerreros los yonkis del inframundo.

Disfruto del aire helado que choca en mi rostro conforme aumento la velocidad, lo corta y hace que mis labios se tornen fríos y rasposos. Me burlo abiertamente de los guardianes del orden que solo me miran con cara cuasi depresiva, quizá adivinando o elucubrando mi destino.

Y me meto a hoyos cual topo. No hay otra forma de describir los mundos que aunque visibles y tangibles son siempre subterráneos.

Sigo a un ente que a mi vista parece divino el cual abre puertas laterales que ceden a un leve empuje explorando lo que hay detrás: cuerpos desnudos, sudados, mal olientes copulando, fundiendo sus células a través de su aliento y líquido vital.

Ella me lleva de la mano apresurada, encontramos un cuarto del cual un intruso sale despavorido: una rata negra de un metro de largo que muestra sus colmillos harto enojada por nuestra osada curiosidad. Nos deja una cama caliente poco reconfortable y llena de chinches.

Y nuestros cuerpos se tumban uno al lado del otro para mirar el techo en donde yo veo lo que debe ser la superficie… Muy lejana. Inhalamos y exhalamos el humo del cigarro de coca mezclado con mariguana que compartimos: nos estamos besando a través de él.

Ella se desnuda mostrándome su blanco y cadavérico cuerpo producto de la falta de luz. Mi corazón late rápidamente excitado pero se detiene de golpe al escuchar son sesenta pesos.

Y abre sus piernas y un olor fétido se eleva del centro mismo de la creación. La penetro con mi miembro poco erecto y un gas comienza a invadir el ambiente, lo percibo, huelo y deduzco que es letal. La abofeteo por tan insolente acción, la corro del cuarto. Quiero intoxicarme solo, una puta no merece morir.

Cuando salgo me doy cuenta de que los seres noctámbulos, aquellos diablos consentidores de vicios me observan. Huyo tratando de desaparecer de sus ojos radiantes pero uno de ellos me alcanza, con una patada en los talones me tumba en el suelo rasposo, se monta sobre mí y me besa calidamente en la boca tocándome el cuerpo como tratando de vislumbrar un orificio, algo por donde pueda meter la magia que trae consigo. Después de forcejear un rato me introduce una línea delgada de polvo blanco por la nariz… cuando la aspiro sé que estoy preparado.

Y salgo a la superficie, nuevamente al aire. Pero aún siento que me falta más-siempre hace falta más-. El recuerdo de ella sobre mi cama me sobrecoge, me reanima a seguir husmeando por abajo.

Después de algunas cervezas en algún otro hoyo y de recorrer una distancia no muy grande la encuentro en una esquina cercana a Tepito y desde que la veo, a lo lejos, se que ella simboliza perfectamente mi placer, mi perversión más lúdica y que hoy explotaremos juntos algunas minas de oro… o tal vez de plata.

Me pregunta si la voy a golpear nuevamente, le contesto que no lo sé y ella con ojos de infinita tristeza quiere que le diga que sí, pero no estoy dispuesto a lastimarla, no quiero ver su sangre derramada sobre nuestras sabanas underground casi blancas. Sé que a ella le gusta que la golpee y me dice que por eso me cobra sesenta pesos, me dice que un día la matare y yo le contesto enérgicamente: ¡No! Una puta no debe morir.

Y vamos a otro hoyo en donde en lugar de ratas colmilludas, perros famélicos nos miran con ojos lastimeros… Y quiero tumbarme a su lado y abrazarlos y decirles que todo irá mejor y no lo hago pues ella me apresura con su mano para que la siga. Siento como una lágrima recorre mi mejilla.

Ya dentro de nuestra habitación ella golpea mi rostro y me gusta. Saca de su bolsa lo que yo imagino será un revolver, pero ¡oh! sorpresa son anfetaminas y cocaína.

Me gustas, me dice.

E intercambiamos: ella me mete sustancias y yo le ofrezco mí miembro el cual me cuesta trabajo meter. Y así copulamos nos drogamos y soñamos.

Cuando despierto ella me mira llorando y me dice que soy tierno por las palabras dulces que le digo: una puta no debe morir. Después de un momento le espeto: pero un cabrón como yo sí. Y le imploro desesperado que me mate. Quiero que este momento sea el último; deseo descansar con su olor impregnado a mi cuerpo por toda la eternidad.

Pégame hasta dejarme inconsciente y después con una daga extrae mi corazón y dáselo a los perros del pasillo - le digo. Ella con cara de asombro me pregunta a que me dedico… soy escritor, le contesto casi llorando.

Medita un rato, una eternidad, sus ojos me miran con simulada indulgencia, me toma de la mano y suelta la carcajada más estruendosa y diabólica que haya escuchado para después casi gritarme: ¡Un escritor no debe morir! ¡Un escritor no debe morir!

Cuando volteo para mirar sus ojos ha desaparecido.

Don Fer.
Febrero 2008

Tu manos ya no son las mismas desde que mi rostro esta impregnado en ellas

Ilustración de Mae, a quien agradezco profundamente
A Cristian, a quien las letras hicieron enloquecer.


La botella transparente y el contenido en ella: un tequila color miel que va desapareciendo a la velocidad de los pequeños pitos de mariguana que me voy fumando, me trae remolinos emocionales de gratitud hacia aquellas personas que alguna vez compartieron espacio conmigo.

Recuerdo a Alfaro Guardados, un viejo ratero de vecindad que vivía en la colonia Vallejo al norte de la ciudad de México. El fue quien me enseño a periquear, a meterme coca por la nariz. Anteriormente me la fumaba y aunque la sensación es casi la misma el golpe en la nuca y en los ojos no se compara con nada en el mundo.

Igualmente guardo gratos instantes en mi memoria de el David Alfaro Sic de la banda, pintor amateur que murió como perro desangrado en un hospital psiquiátrico del estado de Morelos por pintar los muros blandos de su celda con su propia sangre, al negarle los vigilantes pinturas y un cuaderno por considerar su actividad poco lúdica y “peligrosa”.

Pero hoy te voy a contar acerca de mi amigo Cristian, aquel que provocaba suspiros de quienes tuvieron la fortuna de verlo en su andar por la caótica y contaminada ciudad o por pueblos jodidos- pobres pero bellos y llenos de luz - y por uno que otro hueco en el que se metía después de levantar tapas de coladeras en cualquier lugar.

Cuando lo conocí me enamore de su rostro duro pero de una fineza inenarrable, parecía un retrato del Marques de Sade. Su andar era tranquilo y movía las manos graciosamente cuando hablaba, era mimo sin saberlo pues recreaba escenas dantescas, sublimes, banales y complejas con los diez dedos y sus dos palmas.

Todas las chicas del Colegio lo seguían aún cuando él las ignoraba sin el más mínimo pudor: ¡qué me siguen golfas hijas de puta! Les gritaba cuando veía que un grupito de más de dos chicas cuchicheaba y reía tras su figura.

En mi primer acercamiento me sorprendió que su rostro no tuviera que ver con sus modales. Era en cierta forma grotesco al hablar, su vocabulario rayaba en la mediocridad y la palabra que mas se le oía decir era golfas. Tenía un sentido rencor hacia el sexo opuesto que me hacia pensar que era homosexual, cuestión refutable en más de una ocasión.

Empecé a salir con Cristian para conseguir mujeres. Al ver que él las rechazaba acudían a mí como consuelo y posible eje de acercamiento. Yo las usaba, les mentía y tras dos o más palabras de poeta clandestino algunas caían rendidas aún con cierta esperanza de obtener algo del “otro”.

Una mañana mientras yo fumaba mariguana Cristian me pregunto que se sentía. Lo mire fijamente y como no pude explicar con palabras ni con mímica, como él seguramente se hubiera expresado,le respondí que sería mejor que lo experimentara. Desde esa ocasión Cris, como cariñosamente muchos le decían, jamás dejo de consumir la hierba que habría de llegar a considerar sagrada.

Hasta antes de ese momento él ni siquiera fumaba cigarro, no tomaba y lo más que hacia era dilucidar y viajar a través de los huecos que se hacían entre sus dedos, cuando durante minutos se tapaba el rostro con ellos moviéndose enfrente de sus ojos rápidamente.

Estudiaba pero en su lenguaje no se vislumbra viso alguno de ello, esto me molestaba pues pensaba que una cara debía de ir acorde a una actitud y la suya era más bien vulgar. Aparte en ese entonces yo me consideraba un Don Juan, un Cortázar, un Maquiavelo. Mis lecturas y análisis me daban cierto aire de notoriedad entre los muchachitos de no más de dieciocho años con los que me juntaba.

Por ende empecé a prestarle libros los cuales devoraba rápidamente. En una ocasión me devolvió Ensayo para la Ceguera dos días después de que se lo había entregado.

- ¡Uf! Hermano, no he dormido pero ahora entiendo mejor la complejidad de la raza humana, -me dijo.

Su lenguaje empezaba a mejorar; su aspecto denotaba descuido y cansancio y su adicción por la mariguana crecía. Una cosa por otra dilucidaba yo argumentando que no había nada como la expresión a través de la oralidad y las letras y que obtener las llaves de la sabiduría para comprender y utilizar estas vías valía todo riesgo.

Una noche durante las vacaciones Cris llegó a mi casa sudando y desconcertado. Había investigado mi dirección y después de vueltas casi interminables había dado conmigo.

-Uf, hermano me tienes que prestar un libro por el amor de dios –me dijo-
-Pero si para eso hay bibliotecas cabrón, que no las conoces –le contesté –

Desconcertado Cris realizó una analogía en la cual visualizaba mi ser como un complejo Aleph: como un universo de conocimiento, sin el cual él no podría vivir. Casi eres el libro de Borges me gritaba emocionado. Entendí que Cristian estaba obsesionado oníricamente por la literatura y mi rostro él cual me pidió le dejara tocar con sus manos que sentí frías y ágiles en mis pómulos, boca, nariz y frente.

Un día soleado, en uno de nuestros tantos paseos por el Colegio, me confesó que me veía en sueños, representando siempre a varios personajes de libros:

- Te he visualizado como el Quijote, como Justina, Chinasky, Pedro Páramo, Chin Chin el teporocho, Sal Paradise, Dean Moriarty, Bull Lee, La dama de las Camelias y hasta el Cuervo; y aunque se que no hay retratos para todos siempre veo tu rostro acoplado a cada personaje armoniosamente – me dijo frenético.

Estaba sorprendido, yo nunca había llevado mis alucines y dilucidaciones al extremo. Veía a mis personajes literarios favoritos como entes puramente metafísicos, nunca los materializaba. Estaba desconcertado y Cris más ojeroso y con ansias locas de fumar mariguana.

Cuando no fumo no leo me confesó: Es un tren al entendimiento, una cosa lleva a la otra, si fumó entiendo y comprendo, si no solo miro letras sin sentido para mi espíritu, me decía harto convincente con sus ojos negros profundamente clavados en los míos. Estaba enloqueciendo, lo envidaba y lo odiaba guardadamente por eso.

Si antes no le hacia caso a ninguna chica ahora menos. Se había ensombrecido y paradójicamente a quien perseguían era a mí aunque yo ya había perdido interés por cualquier cosa que no fuera la actitud de Cris hacia la vida. Estábamos complementados por la literatura.


Una tarde lluviosa llego empapado y llorando a mí casa. Gritaba que veía mi rostro en sus manos. Por entre sus dedos, en sus palmas, uñas, y aún muñecas mi cara lo seguía, no quería volver a verlas pues estaba temeroso de que yo lo matara utilizando sus propias extremidades. Llevaba guantes.

Cristian estaba loco y pronto su familia se dio cuenta. Empezó a alucinar y a verme en el agua que tomaba, por ende la dejo de consumir. Fumaba más mariguana y en una ocasión le aventó un vaso de vidrio a su madre por que la confundió conmigo.

Lo recluyeron en una granja de la cual a los seis meses salió directamente a buscarme, suplicándome por un libro el cual no le preste: devuélveme los anteriores le argumentaba, cosa que jamás hizo.

De regreso a su aparente cotidianidad un día Cristian se aventó a las vías del metro. La palomilla se asusto, las mujeres gritaron y una palanca jalada oportunamente por un individuo salvó la vida de nuestro compañero.

Jamás lo volvimos a ver y jamás recupere más de un centenar de libros que había compartido con él. Mi tranquilidad desapareció también junto a las hojas impresas de letras encuadernadas.

Poco tiempo después cuando fui a visitarlo al hospital me informaron que Cristian se había cortado las manos con un vidrio filoso que consiguió nadie sabe en donde argumentando que ya no quería ver un rostro que lo atormentaba cada que pasaba sus dedos rápidamente por enfrente de sus ojos. No se las pudieron salvar, se gangrenaron, y sus muñecas serian para siempre puro muñon.

Yo lo se lector: tengo mi pase al infierno.

Don Fer
Noviembre del 2007

Disertaciones publicas sobre mis héroes anónimos o, quizás, no tanto.




A Joan Vollmer

Alego demencia cuando alguien me pregunta sobre mis héroes. No me gusta hablar del tema. En realidad no lo hago por respeto tierno y soslayado a quienes consideran héroes y hasta ejemplos a seguir a equipos de fútbol, artistas,escritores, etcétera. O por indulgencia burlona a los que se derriten mental y económicamente con seres producto de alguna especie de fantasía posmoderna, salvadores del mundo atraves de poderes supraterrenales vulgares: Superman, Batman, Flash, Rambo (léase el mundo como Estados Unidos).

Mis héroes no tienen fama o etiqueta comercial alguna pero igual salvan, recorren y ensalzan al mundo cotidianamente pareciendo que tuvieran súper poderes.

Admiro y desearía ser como el barrendero que por las noches fuma marihuana en una esquina cercana a mi casa para después realizar su labor purificadora y estética. O al vagabundo que siempre me encuentro en la lagunilla quien más que vivir sobrevive contando historias sobre sus batallas en el más allá contra seres malignos a los cuales derrota a diario: el miedo, la enfermedad, la infección, las madrizas de la policía y las violaciones de locos que lo penetran mientras duerme.

Admiro a mis amigas las prostitutas que realizan verdaderos milagros levantando y revitalizando almas al borde de la muerte dando placer mágico físico a quien pague y se deje guiar por sus terrenos en habitaciones de hoteles, lechosas y mal olientes. Admiro su fortaleza, entrega, vigor y por su puesto sus súper poderes; doy gracias y levanto un altar al camello que vende sustancias que purifican y expanden mi espíritu para elevarlo al más allá en donde el final me mira con sus ojos de sorpresa y divina clarividencia pidiéndome que acuda.

A Joan Vollmer la admiro no por que fuera esposa de William S. Burroughs – aunque debo confesar que la conocí gracias a esto – sino más bien por la forma en que vivió: alcohólica desde jovenzuela, adicta a las anfetaminas; mujer que rompió esquemas tradicionalistas de su época moviéndose de manera libre: siguiendo más sus instintos básicos y salvajes que una moral absurda y tapadera de las perversiones más inmorales.

Se casó y tuvo dos hijos con un escritor, homosexual consumado: Burroughs, con el que vivió un tiempo en la Ciudad de México (exactamente en la colonia Roma, en la calle de Orizaba)

Su lugar nunca fue terrenal, siempre estuvo sin estar. Pasaba más tiempo en galaxias lejanas combatiendo y departiendo - nadie sabe con que seres - transportada siempre por el alcohol y las pastillas que se metía. No fue escritora, ni pintora ni súper girl. No tuvo pretensiones aunque conoció, convivió y cogió con la parte gruesa del movimiento beatnik como Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Lucien Carr entre otros.

Y es que admiro y ensalzo a la mujer que se deja llevar como fuente inspiradora, acompañante de las más exquisitas perversiones humanas, teniendo ella las suyas propias.

Simplemente la raza humana no existiría sin estas heroínas. A Joan, quien constantemente buscaba la muerte jugando con ella (nadie se mete anfetas y alcohol a diario sin saber el trágico final que le espera) la mató William Burroughs cuando en un intento de imitación del estilo Guillermo Tell puso un vaso sobre su cabeza y le disparo dando en el blanco: la sien de su esposa… El alcohol, las pastillas y la compañía del viejo William cumplieron su cometido.

Y es que el hecho en si fue detonante para que fructificaran ideas y creaciones insurrectas materializadas en libros que perduraran siempre en los corazones de quienes conocemos la obra de Burroughs.

¡Diablos y demonios! Deberíamos de santificar a quien osa dar su vida como fuente de inspiración para la creación más exquisita y compleja que los seres humanos pueden realizar: la escritura. ¡Bendita seas Joan!

Yo no intentaría matar a alguien, pero voy por el mundo robando corazones, esencias, olores, alientos, ruidos, caricias, miradas para ejercer la creación y reconfortarme espiritualmente.
Es por eso que hoy brindo por Joan; por mis amigos borrachos y drogadictos que a diario con sus miradas tentadoras y descubridoras, y demás superpoderes, me salvan del maligno manteniéndome en este mundo.

Brindo por las mujeres que me han rodeado enseñándome que la felicidad existe, aunque momentánea, para vencer a los miedos y a la ansiedad que causa la soledad; por esos viejos vagabundos que han compartido cobijas y alcohol conmigo para cuidarme del frió y calentar mi espíritu; por los boxeadores, luchadores, toreros que con su sangre calman en mí la necesidad de ver la mía propia derramada sobre aceras indecentes.

Por ti, héroe anónimo, esto es lo que te puedo ofrecer…

Don Fer.
Febrero 2008

Ska en el Rayo 27/01/08 By Don Fer

Resiste carnal

Peri

Kometín & Macareno

Ska . La Parranda Magna

Metales La Parranda Magna

Bailando en el escenario con La Parranda Magna
La banda en el Rayo -Ska vive-

Deprimido


Escribo cuando estoy deprimido.

Por las noches el demonio llamado soledad me llama con sus manos sucias, temblorosas y llenas de imágenes para que lo siga.

Y mis lágrimas derramadas en la almohada ahí quedan como mudos testigos de mis ataques de furia, ansiedad y loca tristeza.

Ayer volví a soñar contigo, compartí nuevamente nuestros momentos esplendorosos; observe mis viajes y virajes multifacéticos junto a ti. Vi tus manos en mi pecho tratando de resucitarme cada que el paro venia y se apoderaba de mí.

Enfermera, me doy cuenta que necesito el calor de tus miembros recorriendo mi cuerpo. Imploro a tus palabras para que limpien y purifiquen mi alma, una ves más.

Desfallezco cada que algo toca mi mente y la hace iluminarse con proyecciones que ya fueron y aún hieren mi corazón.

Por que ahora ya no puedo sacar a pasear a mi perro, ya no voy al cine, ya no me baño, las uñas de los pies ya no recorto; no juego fútbol los domingos, no me dejo llevar por la tele, no trabajo, no duermo y ni una erección logro mantener.

El otro día decidí levantarme y andar. Lo único que logre fue levantar la tapa del excusado para cagar. Quisiera desechar de la misma manera tu recuerdo enfermera.

Me la paso acostado pensando y esto me hace mal. Y es que cuando a mi cerebro alguna llama de bondad y felicidad llega a quemarme es inmediatamente sofocada por el frió del abandono, del mal sin razón.

Quien dice que el humano es pensante por clarividencia del divino y que esto es una bendición con la cual debemos sentirnos afortunados se equivoca. Yo quisiera ser un perro que come, caga, coge y duerme…

Me quiero mover por instinto sin preocuparme en mentalizar ideas tan dolorosas como el amor, odio, cariño y todo lo que conlleve un poco de razón.

Apenas trago y bebo algo. Es más la cerveza ya ni me gusta, la vomito continuamente.

Quisiera regurgitarte enfermera. Creo que vives dentro de mi como demonio, clavando un alfiler en mi corazón cada que se te da la gana.

Y todo esto por que voy a cumplir un año más sin verte. Te imploro, te añoro y aún más: te perdonó los trastornos físicos y mentales que dejaste en mí. Pero por favor abandóname, déjame vivir, te lo suplicó.

¿Harías solo esto por mí?

Soledad ¿te llamas enfermera?

Don Fer
Noviembre 2007

DON FER´S BLOG


La vagabunda

Comparto con ustedes un cuento que escribí en mis tiempos ceceacheros....
Disfrutenlo.....
Comentarios y críticas a: autogestion_creativa@hotmail.com
Foto: Don Fer in CU

Para aquella bella mujer que conocí en ese lugar frío y gris.
Para algunos eres repugnante, para mi hermosa.

La creación de la calle.
Inexperta de vida
vagando y viajando
En la urbe de hierro
.

Tus huesos sedientos
de cerveza, sentimientos
absolutos de soledad
tú inspiras la más
perfecta maldad
.

Los irreparables sueños de una realidad
confluyen en un edificio con ganas de caer,
absoluto rencor de la vida misma que solo muestra
su deterioro y pesadez en tu rostro y carácter.


Vagabunda es la palabra,
creación inmersa en los ajenos.
Es la sabiduría de quien utiliza
el instrumento del engaño y la bondad.

¡Ah maldita mentira!

Era un lugar ubicado en el centro de la ciudad, una vecindad en la cual podías adquirir desde un buen libro, una foto instantánea o una buena y helada cerveza que podías tomar al momento. Por lo regular yo asistía a esto ultimo pues en esos tiempos se me hacia demasiado ostentoso el pagar una bebida en un bar al doble de su precio. Prefería sentarme en aquellas escaleras de mármol frió y beber por un precio razonable.

Nunca fui solo, siempre me acompañaban los amigos de parranda o bien aquellos los cuales se veían obligados a hacerlo al realizar un trabajo escolar o al ir a comprar algo por la zona juntos.
Siempre recurría al clásico ¡Hechemos un refresco! Frase que se convertía en horas y horas de cerveza helada, sentados siempre en aquellas viejas escaleras.

Al entrar lo primero que encontrabas era ese altar dedicado a la Virgen Maria, con sus flores cochambrosas de mugre, sus rosarios colgados y una veladora que nunca se apagaba y cuyo vaso, negro ya por el humo, despedía un olor nauseabundo.

Entrábamos por un pasillo en el cual solo cabía una persona a la vez. Del lado derecho encontrabas una librería en donde los textos abundaban y en donde señoras con cara de preocupación compraban algún libro de matemáticas para aquel hijo que estudiaba en el deplorable sistema educativo mexicano. Junto a ella, ellos y tú, pasaba yo con mi cerveza y recorría con mi vista y olfato aquel corredor que había cruzado ya muchas veces y que sin embargo me era imposible desapercibir.

Adelante se encontraban los baños que nunca dejaron de despedir ese olor agrio y ácido propio de los desechos humanos y que a la mayoría repugnaban. Enfrente se encontraba el estudio fotográfico, un cuarto pequeño en donde un señor de lentes y cara arrugada siempre nos observaba cuando entrábamos; algún día ese viejo me había invitado a pasar a su lugar de creaciones, en donde yo observe durante largo tiempo como retrataba a la hija de doña guera propietaria de las escrituras de aquel lugar del cual un pedazo se caía siempre que iba.

Dando la vuelta se encontraban aquellas escaleras que alguna vez debieron ser majestuosas y por las cuales debieron de bajar y subir infinidad de personajes reales. Ahora solo servían para albergar decenas de individuos que llegábamos y nos sentábamos a sentir el frió que el mármol provocaba, a beber, escuchar anécdotas, entristecerse, viajar, dormir y pelear.

Recuerdo que conocía a varios de los vagabundos que se daban cita para conseguir un trago o para dormir solamente un rato fuera de las calles de la Ciudad de México. Conocía también a los rateros que después de robar algo se adentraban corriendo a sus habitaciones y solo nos decían ¡Chiton ¡ Alguna ves me leyeron la mano, otra me pusieron un alacrán y me limpiaron la mala vibra; un chaman viejo me contó sobre su viaje en el desierto con peyote; una mujer me beso; alguien me ofreció droga; otro más me ofreció papeles de identidad, la cartilla liberada, una licencia y hasta un carro. Así era el ambiente de la Maldita Vecindad como todos le llamábamos.

Cierto día llego ella, vestida con unos harapos que le cubrían absolutamente todo: zapatos desgastados que mostraban algunos de sus dedos, un pantalón de mezclilla azul lleno de grasa negra y una chamarra de hombre con gorro que le cubría la cabeza. Solo estaba descubierto su rostro que percibí agachado. Yo me encontraba parado y al pasar frente a mí su mirada se enderezo y giro hacia mis ojos. Me quede frío pues era hermosa. Mirándome fijamente sonrió, yo me quede hecho piedra y solo atine a beber un trago grande a mi cerveza.

Desapareció un momento, al poco tiempo regreso con la cabeza descubierta y pude apreciar su pelo negro y esos ojos que nunca olvidare: verdes azulados como el agua de mar. Su cara blanca mostraba manchas propias de la vida en la calle, no despedía olor alguno y solo reaccione cuando me digo ¿me invitas un trago?

No podía separar la mirada de esos dulces ojos que dura y fijamente me observaban, me sonroje y la gente que me acompañaba lo noto. Ante la situación solo atine a pasarle mi cerveza sin pronunciar palabra alguna para que ella le diera un gran trago. Para mi sorpresa la gente que me rodeaba me recrimino tal acción: que por lo sucio, que por la imagen, y ese tipo de cuestiones moralistas. Sin embargo ya no los escuchaba y solo alcanzaba a percibir que varia gente me miraba sorprendido por la forma en que invitaba de mi cerveza, en la que compartía parte de mis labios, con aquella vagabunda.

Solo nos mirábamos y de ves en cuando sonreíamos, era como si ella con su sola mirada me mostrara la dureza de su vida. Mis acompañantes decían: ¡Vamos hombre votala que es una niña que se escapo de su casa solamente! ¡No te claves! Y cosas por el estilo. Yo contestaba que era de las personas más bellas que jamás hubiera visto, que me dejaran por lo menos observarla un poco más.

De repente escupió algunas palabras, algo de la calle, una grosería, y de momento me dio las gracias y me tendió la mano. Charlamos algunas cosas vagas y confusas. Ella me dijo su nombre el cual inmediatamente olvide y justo cuando estaba por decirle lo hermosa que me parecía apareció doña “guera” quien con una dureza de igual magnitud a la de “vagabunda” le dijo: Si no consumes largate, aquí no eres bienvenida. Yo solo atine a decir: esta conmigo, a lo que aquella señora me respondió: aquí no es putero.

Recuerdo que tuvieron que sacarla a empujones pues quería quedarse a beber más y por lo que nos dijeron entendí que ella ya no era bienvenida en ese lugar por los celos correspondientes a su belleza.

Inmediatamente les dije a mis compañeros que nos fuéramos.

Ya en dirección a el metro caminando por las calles sucias, llenas de comerciantes recogiendo sus puestos, e iluminadas por esa luz amarilla y tenue, yo la buscaba con mis ojos tristes. Volteaba a un lado y nada, volteaba a otro y solo observaba la hipocresía de los que me decían: ¿Cómo te atreves a hablarle a una persona así? Observaba la mediocridad con la que ellos veían la vida al cuestionarme: ¿Es bella una mujer vagabunda? Triste la seguía buscando, sin embargo cuando voltee al cielo y vi una estrella brillante supe que ella estaba ahí y que la luna llena que asomaba esa noche nos cubriría, con su luz, a ambos.

Fue la última vez que me enamore de la calle

Don Fer

Niña

Foto: Don Fer
Para Nat.. Donde quiera que se encuentre....

Ella me obsequio un pan,
me dio una bocanada del humo negro
que de sus labios exhalaba.

Algún día yo compartí con ella mí ser,
deje que succionara mi espíritu,
que lentamente desaparecía entre sus labios.

Me miraba extraña, absorta, como tratando de dilucidar algo que no hallaba.

Y yo le rehuía pues sabia que el amor devenía
ya pronto
y nos arrastraría por torrentes galácticos.

No quiero eso, ella tampoco, lo se.

Dejare que succione otras almas,
seguramente más obscenas, vulgares y prosaicas que la mía.

Pero espero, guardadamente, a que algún día algunos labios llenos de luz, que irradien la alegría que a mi me falta la seduzcan.

¡Y que se deje llevar por su torrente mágico, radial!

¡Y que haga explotar al mundo con chorros olorosos luminosos y lechosos!

¡Y que haga cimbrar las habitaciones de hoteles mal iluminados!

¡Y que viaje por terrenos puramente físicos y se exalte con lo fantástico!

Yo desde lejos reiré. Pues sabré que la felicidad llega… Ja.

Don Fer.
Octubre 2007.

RECUERDOS

Foto: Don Fer


Espero a que dos cervezas que tengo en el refrigerador recién conectado se enfríen. Escucho un disco de reggae que baje de la Internet. Confluyo con esta máquina de escribir comunicándome lenta pero entendiblemente.

Y recuerdo…

Alguien me dijo que los recuerdos eran como purificadores del alma, otro que más bien eran los motores de la vida misma. En este momento solo se que son el tormento y la enfermedad más prosaica que me haya dado, y es que no es física sino mental. De los recuerdos nace la angustia, el sentimiento de soledad, la tristeza y la ansiedad.

En tiempos ancestrales fui estudiante, fui guía de conciencias insanas que querían llegar, a mi lado, a la montaña sagrada. Fui mecías que cual topo salio de la oscuridad solo para ver morir sentimientos, ilusiones y a la vida misma.

Una vez abrí el mar frente a los ojos perturbados de la gente que me rodeaba, y lo hice solo para rescatar a una mujer ebria, de la cual estaba enamorado, que locamente bailaba corriendo el riesgo de ahogarse. En otra ocasión me desnude y llagas sangrantes brotaron de mis brazos, consecuencia inefable del desamor que siempre me ha acompañado.

Un profeta un día me dijo: si no te quieres a ti mismo no querrás jamás a nadie. Tiene razón, aborrezco tanto a la raza humana que al verme yo como un igual el sentimiento es recíproco.

Y he guiado multitudes enormes, los he hecho comer pan y pescado crudo que milagrosamente he sacado de la nada; he compartido con ellos del vino que mezclaba con mi sangre, aunque no lo sabían, viéndolos enloquecer alabándome.

Pero soy humano, cuan corriente y común como los demás. Los recuerdos son muestra de eso. No puedo seguir con mi imagen ancestral pudriéndome lentamente. Prefiero que mi Magdalena me sacrifique y que después todos lloren bajo mi cruz arrepintiéndose del daño causado pues sabrán que eso desato el holocausto: el suyo, el mío.

Me voy a ir sin merecimientos propios del rey que fui, sin alabanzas, sin amor, sin un recuerdo grato que se guarde de mis hazañas y logros

Quizás más terrenalmente termine aventándome a las vías del metro o frente a un microbús, a lo mejor me tiro de un puente o disparo una pistola en mi sien.

Me gustaría ver mi muerte y resucitar después para morir nuevamente eternizado…

En verdad mis recuerdos me están matando.

Don Fer
Septiembre 2007

Ver llover

Foto: Don Fer

Para Kesia

Siempre me ha gustado ver llover. Guardo gratos recuerdos de un aguacero monumental que caía sobre y alrededor de la cabaña donde me hospedaba, mientras absorto fumaba mariguana y escribía, en algún punto de la sierra mazateca del estado de Oaxaca. O de lloviznas que se desataban en algún lugar de la ciudad de México, cuyas gotas terminaban introduciéndose por el orificio de la botella de mi cerveza, empapándome lentamente.

Cuando bebía con Kesia lo hacía en alguna esquina de su barrio. Vivía al norte de la ciudad de México en la colonia Panamericana. Yo era en ese entonces un joven enamorado al cual el miedo hacia la policía, la sociedad o la calle no se le mostraba como ahora. Ella era mi novia, me le había declarado formalmente en un vagón del metro en el cual nos sentábamos siempre en el suelo.

A ambos nos gustaba el alcohol y la mariguana. Consumíamos estos elixires a diario y lo hacíamos en donde fuera más barato y fácil: la calle. Alguna ves nos subieron a una patrulla en donde oficiales que decían cuidar de la sociedad amenazaron con violarla y madrearme si no aflojábamos un “camarón”. En otra ocasión justo delante de nosotros presenciamos el espectáculo de un asesinato tan común en los barrios de nuestra ciudad.

Cuando llovía no pensábamos en protegernos del agua, al contrario buscábamos la calle pues sabíamos que la gente común intentaría cubrirse de ese “mal día” de la mejor manera posible: no saliendo de sus casas. Por lo que las avenidas, callejones y recovecos transitables eran nuestros por lo menos en lo que duraba la tempestad. Éramos seres solitarios. Desde que comenzamos nuestra relación el primer acuerdo había sido dejar de lado amistades banales. Éramos rebeldes y ellos no compartían nuestro gusto de beber bajo el agua. Todos buscaban cubrirse.

Con Kesia viví una temporada en Puebla. Trabajamos en una zapatería. Yo aventaba el calzado por una rampa útil solamente para el hecho y ella ofrecía y medía el producto al cliente. El poco dinero que ganábamos lo gastábamos en pagar treinta pesos diarios por una habitación sucia de hotel cuyas paredes se encontraban graffiteadas con mensajes de amor momentáneo y en comprar droga, alcohol y poca comida.

Un día me enferme, recuerdo que la noche anterior había bebido un aguardiente cuyo sabor era parecido al plástico más común y corriente: me volví loco, vomitaba sangre y mi visibilidad se nublaba. Kesia me llevó al hospital y afortunadamente todo salió bien. De ahí yo pensé en el regreso mas ella renegaba, así que decidí aguantar más días sin comida y mucha bebida.

En Puebla llovía más fuerte que en el DF. Cuando el evento se acercaba y el cielo mostraba su cara más oscura y escuchábamos que los cánticos del mas allá resonaban graves sonoros y roncos Kesia y yo nos dirigíamos a cualquier esquina, destapábamos nuestro aguardiente y nos quedábamos ahí parados sintiendo el frió de los chorros del agua recorriendo nuestros cuerpos, el calor del alcohol deslizándose por nuestro interior.

Esto me excitaba y la mayoría de veces terminábamos haciendo el amor locamente, secando nuestros poros con el frotar de nuestros cuerpos, empapándonos de nuestro sudor, confluyendo momentáneamente. Amaba a Kesia, amaba la lluvia y el alcohol.


Yo escribía todas las noches, ella pintaba todas las noches. Un día decidimos explorar otros terrenos e ir a un museo. Eso fue lo que marcó nuestro regreso. A la entrada del recinto nos negaron el acceso puesto que según los empleados teníamos aspecto de vagos. Yo le rompí la cara al vigilante mientras Kesia gritaba causando que todos los asistentes a tan “prestigiado” lugar voltearan a vernos con cara de espanto. En la Ciudad de México con todo y nuestro aspecto esto nunca nos había ocurrido.


Ya de regreso nos percatamos que las cosas entre nosotros habían cambiado, algo de nuestra libertad se había trastocado. Yo ya no podía vivir sin estar a su lado y con ella pasaba lo mismo. Nos chocaba la situación pues nos estábamos haciendo dependientes el uno del otro. Pugnábamos por no enamorarnos de más pero estaba sucediendo. Yo no sabía como decirle que no quería pasar al siguiente nivel y con ella… pasaba lo mismo.

Yo ya no tenía amigos, todos decían que prefería la lluvia a la compañía carnal. Era cierto. Kesia comenzaba a drogarse con cocaína y pastillas, su aspecto denotaba soledad y descuido, no le decía nada: que ejerciera su libertad pensaba.

Un día me propuso desnudarnos en una calle de la Panamericana. Llovía y acepte, la calle estaba desierta y solo los perros chorreantes de agua nos miraban tristes como tratando de entender por que éramos los únicos seres que les acompañábamos. Terminamos haciendo el amor en una banqueta a la luz de la tarde, sobre charcos y lodo. Me estaba volviendo loco, ella ya lo estaba.

Una tarde Kesia me dijo que se iba a matar, yo no le creí, pensaba que su locura la hacia decir incoherencias, aparte tenia la teoría de que quien se iba a suicidar nunca lo prevenía pues corría el riesgo de que lo convencieran de lo contrario. A la tarde siguiente no llegó a la cita que nunca planeábamos. Los días siguientes fueron iguales. Cuando por fin la fui a buscar a su casa su madre me informo que se había aventado a las vías del metro en la estación Instituto del Petróleo.

Gracias a dios había tenido la decencia de avisarme, de prevenirme pensé. Quizás quería que la convenciera de lo contrario.

Desde ese día ya no bebo en la calle. Aún veo llover, aún siento recorrer el agua por mi cuerpo y dejo que mis lagrimas confluyan con ella por que siento que en cada gota Kesia me esta tocando, que cada rayo que cae es una parte de ella iluminando mi camino.

Cuando veo el cielo nublarse salgo a la calle, no importa el lugar o situación: si estoy solo o acompañado, si me encuentro en la oficina o en mi casa. Miro hacia arriba, mis lágrimas ruedan y en cada gota veo la cara de Kesia que se impregna en mi cuerpo. Confluimos un momento y parezco entender, aunque sea fugazmente, el por que me volví loco.

Don Fer

SEPTIEMBRE 2007